SOPA DE GUINDILLAS

José Luis Bravo

Periodista


El collar y el perro

No les diré nada que no sepan  mis asiduos lectores, si afirmo que  los denominados incentivos a la natalidad, o cheque bebé en términos populares son manifiestamente inútiles para el propósito que se pretende. Nadie, salvo alguna pareja que no ve más allá de la semana que viene, decide traer un hijo al mundo por lo rentable que puede resultar el cobro de mil doscientos euros, durante los tres primeros años de su vida. Pero, como quiera que esta iniciativa surge de las propuestas de los agentes sociales como aportación al denominado Plan Soria, del que nada sabemos últimamente, dejaré de lado mis recelos  y me achantaré reconociendo que hay opiniones de todos los colores y gente pa tó, como dicen en el sur, así que cambio de tercio, pero no de morlaco; Las subvenciones.        
El presidente de la diputación, a cuento de las citadas ayudas a la natalidad, expresó estos días de atrás su preocupación por la justificación de las mismas. Se preguntaba donde están las familias de 10 críos que no han solicitado la ayuda este año y por tanto no cumplen las bases de estar al menos tres años en Soria. ‘Habrá que mirar la fórmula para reclamar la devolución del dinero que se les entregó’ se decía Serrano, reconociendo a renglón seguido que será poco menos que imposible. También se planteaba la manera de que el óbolo natalicio se gaste sólo en cuestiones que afecten a los gastos que la criatura genera, leche, pañales o patucos, y que no se vaya la madre con la tarjeta al Douglas, y se lo gaste en maquillaje, pongamos por caso. Cuestión baladí, pues se supone que es un apoyo a la economía familiar y se da por supuesto que va a una caja común y que el chiquillo no se quedará sin potitos porque su madre se haya dejado la pasta en un par de frascos de Chanel nº5.
El caso es que dándole vueltas al asunto, Benito Serrano cayó en la cuenta de que sería procedente analizar, caso por caso, la eficacia de las ayudas que se están otorgando a manos llenas por la opulenta administración   provincial. No le falta razón y suscribo el argumento. Eso sí, otra cosa diferente es que ese control se puede llevar a cabo con la saturación de trabajo que hay en algunos departamentos. La opción podría ser incrementar el número de empleados públicos y por lo menos así ya se podría presumir de que se crean puestos de trabajo, con lo que podríamos llegar al absurdo de que nos pasase como aquel que se puso a falsificar monedas y el cobre de cada peseta le costaba dos.
Misión imposible se me antoja este objetivo, salvo que se afine mucho en las bases de cada subvención. De lo contrario, me temo, nos va a costar más el collar que el perro.


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