Carmen Hernández

Periodista


El santero de San Saturio

Cada año, por estas fechas, me acuerdo del santero de Gaya Nuño. Y no es raro porque el otoño soriano y las fiestas del patrón apenas han cambiado desde ese día de 1951, cuando el escritor se transmutó en docto eremita para ofrecernos una visión lúcida y nostálgica de la ciudad y sus paisanos: la feria de ganado, la novena del santo, los gigantes y cabezudos persiguiendo a los chiquillos con vejigas infladas, la función religiosa en San Pedro con el correspondiente panegírico del noble Saturio lleno de «tópicos sobre las virtudes sorianas, la amistad de San Prudencio y el milagro del niño de Carbonera», la procesión, la novillada con picadores y la traca final en la Plaza Mayor. Es cierto que los exámenes de septiembre, ahora, son en julio por uno de los incesantes vaivenes de los planes de estudio patrios y que la excelente Banda de Música de Soria ha sustituido, por fortuna, a las bandas militares de Madrid o Zaragoza que tocaban por las calles dianas y retretas. Pero, por lo demás, ya digo, las fiestas son casi iguales: tristes, aburridas y frías puesto que ni el cambio climático ha conseguido que nos libremos de la sensación de que «son como duelo por la defunción del verano».
Pero son nuestras y el soriano tiende a exaltar lo suyo y a mostrar cierto desdén por lo de fuera. Gaya Nuño llamaba «sorianismo» a este comportamiento y advertía que, en ocasiones, puede ser «xenófobo y chauvinista; pueblerino y grosero; pequeño y mezquino». Quizá convenga recordarlo ahora cuando tantos se lamentan por lo que no tenemos o no nos dan en vez de luchar colectivamente por conseguirlo. Si no, podríamos caer en los mismos errores que, con tanta amargura, denunciaba el santero: negar apoyo a empresas de categoría o impedir –como entonces- que Cervantes tenga un busto «en la alameda que lleva su apellido porque el hombre jamás tuvo contactos con Soria». Son sólo ejemplos.