LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El tercer hombre

Comprendo el nerviosismo y la parálisis que generan las elecciones en la clase política. Durante un periodo relativamente corto, se juegan su futuro y dependen de unos votantes que según su perspectiva son caprichosos y volubles. Esto último no lo dicen en voz alta, pero cuando comprueban que no les apoyan, el berrinche es monumental.
A los funcionarios de la Unión Europea les encantaría pensar que las elecciones europeas van a suplir el temido déficit democrático. Ese sueño desde luego no se ha producido en esta ocasión, tampoco en las anteriores y llevamos unas cuantas porque nadie se ha molestado en hablar sobre los retos de la Unión. No significa que no existan, sino que la ciudadanía desconoce cómo  puede impulsar un liderazgo que no se vislumbra. Después de la guerra, la democracia cristiana comprendió que tenía una obligación moral y que para alcanzarlo, era indispensable tener una estrategia. Con los años ese noble espíritu se ha ido transformando en un ente con vida propia al perder la clase política perspectiva y con la llegada de nuevas generaciones que olvidan qué pasa cuando las cosas se ponen feas.
Esta introducción explica por qué lo relevante se ha producido en otras citas y momentos. En España a nadie le ha importado un pimiento  si Josep Borrell ha ganado con claridad, ya que el interés era si Ciudadanos conseguía el temido sorpasso pepero o si Podemos seguía en caída libre. Visto lo visto, nada salió como esperaban algunos. 
En Gran Bretaña era evidente que Nigel Farage iba a ganar, porque lo importante se produjo el viernes con la dimisión llorosa de Theresa May. Los conservadores británicos no han encontrado la solución a sus problemas de identidad nacional y desde luego, los laboristas de Corbyn no les van ayudar. Macron ha conseguido destrozar tan eficazmente las instituciones que la deriva continua. Alguno se consuela con la moderación alemana cuando deberían enfadarse por su tibieza y falta de compromiso.
Pero lo más grave se dio antes en un minúsculo y próspero país amante de la música llamado Austria. Un vídeo grabado hace dos años con un ficticio soborno y el cese fulminante del ministro del interior, protagonista de la cinta y líder del partido de extrema derecha, ha sido el final de la historia. En Europa Central, el espionaje y los chantajes empiezan a ser habituales y solo nos enteramos de una fracción. Los árboles no nos dejan ver el bosque.   


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