Las otras víctimas de la violencia de género

Ana I. Pérez Marina
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Madres, padres, hijos, nietos, amigos, sobrinos... testigos directos o indirectos del maltrato físico y psíquico, 'silenciados' que no computan en las estadísticas

Las otras víctimas de la violencia de género

En enero de 2007 Rita de Cassia moría de un disparo asesinada por su marido en Soria. Ambos tenían un niña de cinco años. Ocho años después, también en la capital soriana, fallecía Rachida Nour, como consecuencia de las lesiones que le causó su esposo en el domicilio de la pareja. Quedaba huérfano un niño de dos años. Los descendientes de los maltratadores son víctimas directas, sufridores de las peores consecuencias en las que desemboca la violencia machista. Los pequeños también son rehenes de esta lacra que no parece tener final. Y así son considerados, aunque no hace tanto que se empezaron a formar parte de las estadísticas: desde 2013, 34 menores han perdido la vida, según el portal de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género.
Hay otras víctimas que sufren directa o indirectamente por las acciones del maltratador, por el padecimiento de hijas, hermanas, tías, sobrinas, amigas, madres, abuelas..., víctimas también, pero que no figuran en los registros, ni se tienen en cuenta en la adopción de medidas. Este lunes 25 de noviembre se celebra el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres. El Día de Soria ha querido, en esta ocasión, hacer un guiño a esas otras víctimas a las que la violencia de género, aunque no hayan sido objeto directo de malos tratos, también les cambió la vida de una u otra forma.
datos. La palabra familia solo aparece en el portal estadístico de violencia de género en el apartado de las llamadas al 016 o en el de las denuncias interepuestas. Así, en lo que va de año al número de teléfono 016 se han realizado un total de 67 llamadas (hasta el 30 de octubre) procedentes de Soria. En 50 casos descolgaron el auricular las propias víctimas, mientras que 14 llamadas fueron efectuadas por familiares o allegados (tres, otros). De las 92 registradas el pasado año, en la provincia de Soria se contabilizaron 92 avisos al 016, 70 realizados por las afectadas y 19 por familiares o allegados.
En cuanto a las denuncias, en este 2019 en Soria se han interpuesto 63 en el primer semestre del ejercicio, de las que una fue directamente presentada por la víctima; 48 corresponden a atestado policial y denuncia de la víctima;  una registrada por familiar; y seis por terceros.
Además, hay 31 órdenes de protección activas este año (28 a instancias de la víctima y tres pedidas por el Ministerio Fiscal) y 21 usuarias del servicio de Atención y Protección  las Víctimas de Violencia de Género (Atenpro).

Nieta

«Soy nieta de víctima», arranca el relato. Pero también es hija de víctima, tal y como explica en el transcurso de la conversación. El maltratador fue el mismo, su abuelo. El mismo hombre que agredía física y psicológicamente a su mujer y a sus hijos mayores. Ella, nieta e hija, nunca tuvo trato con él, nació años después de que sus abuelos se divorciaran. Tiene un difuso recuerdo de él en un encuentro casual en un espacio público. Nada más. También rememora cómo de niña su familia, su entorno más cercano, no hablaba de ello. Protegían a los más pequeños con el silencio. «A los niños siempre se les trata de esconder, es un tabú y no existen hábitos de comunicación normalizados con estos temas entre la familia», advierte. Eran otros tiempos. La ruptura definitiva de sus abuelos se produce hace más de tres décadas. Entonces no formaba parte de la dinámica social ni de la política la expresión violencia de género, ni mucho menos la de violencia machista. Y, además, si la víctima es una mujer con coraje para poner fin a una espiral de agresividad insoportable y con agallas para sacar adelante sola a seis hijos, a ojos de los demás no parece tan víctima. «Mi abuela es un mujer muy empoderada, pero en esa situación te encasillas, la sociedad también lo hace y no encuentras recursos para dar el paso», explica. Han pasado décadas, pero todavía duele, aún en la familia sienten rabia por lo vivido. Incluso entre los miembros que únicamente conocen la historia de oídas, que son sabedores por lo contado.
«Por lo que he hablado con mi madre fue siempre así. Maltrataba a mi abuela y a los hijos mayores. Ya no solo era la violencia física y psicológica, sino todo lo que implica: ir a trabajar después, volver a casa con miedo, desear salir de allí y no poder por falta de recursos económicos... Se divorció cuando pudo», cuenta. 
De lo malo, de lo mezquino, del miedo se aprenden pautas, conductas definidas por la cautela que sirven para detectar señales de lo que puede derivar en una relación tóxica. «No se hablaba mucho de ello, pero lo importante para todos ha sido que nunca le volviera a pasar a ninguna mujer de la familia. Yo no he vivido ni he visto la violencia, pero mi abuela y mi madre me han transmitido que era muy fácil entrar en la violencia y muy difícil salir. Hay que aprender a decir no».
Aquella mujer que no había cumplido los 40 años cuando se divorció, cuando dijo ‘basta’ porque los golpes físicos y verbales se extendieron a sus hijos, sigue sin dar muchas explicaciones de esa etapa de tienieblas, aunque sí le ha mencionado a su nieta detalles como que tuvo que «cambiar la cerradura mil veces», colocar «pestillos en algunas puertas de la casa»... cuenta «algunas cosas con desazón» con la «impotencia» de no haber podido evitarlo. «Las dos personas más fuertes que conozco en mi vida son mi madre y mi abuela, siempre salen adelante y renovadas», reflexiona con orgullo esta joven de 28 años.