Óscar Gálvez

Periodista. Director editorial Castilla y León Promecal


Lo difícil no es pactar sino gobernar

Quien piense que con el acuerdo de Gobierno para Castilla y León ya está hecho lo más difícil se equivoca. Lo verdaderamente complicado, que no es otra cosa que gobernar, es lo que está por llegar. En todo el proceso post 26-M hemos vivido dos etapas principales. La primera de ellas, la encaminada a que PP y Ciudadanos lograsen plasmar sobre un documento cien compromisos para la Legislatura. Era relativamente fácil y se acordó en poco tiempo, aunque día sí día no Francisco Igea --ya confirmado este viernes para vicepresidente de la Junta-- lanzaba señales confusas que han llevado a los periodistas y a los socios de Gobierno por la calle de la amargura. Sus palabras han exigido un enorme esfuerzo de interpretación, que servía de poco, pues en escasas horas palabras y hechos entraban en clara discordancia. Enfrente, el PP de Alfonso Fernández Mañueco, expectante. Confiado, pero nervioso. Sin moverse ni un milímetro de lo que ya dijo el 27 de mayo: les daremos lo que pidan. Y milímetro arriba milímetro abajo, así ha sido. Es lo que tiene la ausencia de mayorías suficientes. La segunda se cerró el viernes. Se trataba de la estructura del futuro Gobierno. Si el acuerdo programático es importante, no lo es menos el instrumento con el que se lleva a cabo: las consejerías son lo que da poder de verdad. Y la Portavocía, que queda en manos de Ciudadanos y se supone que del propio Igea. Y también otras cosas importantes que, por ahora, no se sabe desde dónde se gestionarán, pero que siempre han estado adscritas a la cartera de Presidencia. Si hay que intuir algo —por esa tradición— esas dos competencias de relieve serían para el PP de acuerdo al reparto de las consejerías. En cualquier caso, para este segundo acuerdo han hecho falta más días, ya que un mal apaño en ese reparto de poderes es siempre causa segura de rifirrafes, que los habrá, porque además de gobernar por un mismo bien común, que es Castilla y León, cada uno de ellos tiene sus metas y querrá apuntarse todos los réditos posibles. Aunque quedan lejos, las elecciones de 2023 ya se han estado jugando en esta negociación. El PP no puede permitirse volver a sacar 29 procuradores dentro de cuatro años y Ciudadanos tiene la exigencia de vencer a los pronósticos agoreros que apuntan hacia la reabsorción de buena parte de sus votantes por el PP. Y esos objetivos no se alcanzan desde el buen rollo, menos aún si no se logra limar la ausencia de química entre ambos. ¿Pueden estar satisfechas ambas partes? En principio, sí. Porque demlo contrario no se hubiera firmado. Fernández Mañueco cumple el sueño al que aspiraba y Francisco Igea cree materializado el deseo de hacerse con buena parte del mango de la sartén, aunque con el paso de los días es posible que se vaya dando cuenta de su verdadero peso si no han atado otros cabos. Ahora bien, lo importante no es lo contentos que hayan salido ellos sino que no haya que esperar cuatro años para que quienes de verdad deben quedar satisfechos lo estén. Cs y PP han tenido que elegir entre susto o muerte, pero eso se la trae al fresco a los ciudadanos. Eso es cosa de los firmantes.


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