TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Desde Brasil

Brasil es al fútbol lo que… no hay una comparación digna: Brasil es fútbol. En cualquier playa, en cualquier plaza, en cualquier esquina hay niños y niñas pegándole patadas, cabezazos y toquecitos variados a algo que es o se parece a un balón. Lo llevan en las venas, como los negros el ritmo o los españoles la sorna. Nada o casi nada de lo que suceda futbolísticamente en Brasil podría sorprendernos.

Del debut de la verdeamarela en la Copa América salen dos nombres de tres goles. El primero, conocido, el de Philippe Coutinho, un futbolista colosal hecho de porcelana fina. Existen jugadores con problemas de peso en la camiseta, porque de todos es sabido que no todas las camisetas pesan igual. En el caso de Coutinho, si es azulgrana y ha costado 145 millones de euros que te la pongas, esa zamarra andará por los tres o cuatro quintales y sólo un bestia puede llevarla sin problema. Curiosamente, no hace falta forma física para levantar esos pesos. Todo está en la cabeza. La fortaleza mental de algunos privilegiados es la clave para explicar algunas carreras longevas en futbolistas menores o para explicar fiascos puntuales de jugadores enormes como Coutinho: la camiseta de Brasil, sin duda, pesa menos.

El segundo nombre es el de Everton. Como él, jugador de Gremio, muchos otros conquistaron títulos desde Brasil y no desde Europa, entiéndase: cuando el mundo se piensa que ya todo lo bueno está a este lado del Atlántico, que ya tenemos a los mejores y que el seleccionador de turno tiene que venirse al Viejo Continente a reclutar a sus 23, el jefe tira de orgullo patrio y completa la convocatoria con maravillosos desconocidos (no al director deportivo de turno, sí al gran público). Es la forma que los brasileños tienen de decirnos, de alguna forma, que por mucho que sometamos su Liga a un continuado expolio ellos seguirán sacando figuras.


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