Carmen Hernández

Periodista


Sol de invierno

En Navidad, más que nunca, me acuerdo de la mezcla que somos de razas y de culturas; porque algo tan arraigado en la civilización occidental no es más que un conjunto de mitos y leyendas de distinta procedencia. El 25 de diciembre, por ejemplo, era el día del nacimiento del Sol Invictus para los romanos, o sea, el solsticio de invierno que ponía fin a las Saturnales, unas fiestas alegres y bulliciosas en las que -atención- se iluminaban las ciudades con velas y antorchas y se intercambiaban regalos. Muchos pueblos celtas y vikingos celebraban también el nacimiento de dioses del Sol y de la fertilidad por esas fechas y lo hacían adornando un abeto a través del cual los fieles se acercaban al cielo desde lo más profundo de la Tierra donde el árbol  hundía  sus raíces. Así que, los predicadores del cristianismo sólo tuvieron que sustituir a los antiguos dioses Mitra o Frey por Jesús con un doble objetivo: que se aceptase sin problemas la nueva doctrina y que desaparecieran los cultos paganos por el sencillo procedimiento de convertirlos en cristianos. 
Papá Noel, por el contrario, surge de la transformación de un obispo cristiano del siglo IV que vivió en Turquía en un personaje laico que lleva regalos a los niños por Navidad. San Nicolás de Bari, muy venerado en Holanda como Santa Klaus,pasó a las colonias americanas de Nueva Amsterdam – la actual Nueva York- y se convirtió en lo que es: un reclamo comercial del consumismo navideño. Y ya que estamos en América, hablemos de la Flor de Pascua, originaria de México, con una oscura carga simbólica para los aztecas. Los franciscanos evangelizadores ya la utilizaban, en el siglo XVI, como decoración navideña. Pero fue el embajador de EEUU en México, Joel Roberts Poinsett quien empezó a regalar esta planta a sus amistades por Navidad en la segunda década del siglo XIX. Se tomó mucho interés porque, aparte de diplomático, era naturalista.Por eso la planta se llama poinsettia.