SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Verano a verano

Ha vuelto el verano fiel a su cita. Y los que de niños fuimos a nuestros pueblos a veranear, nos ponemos melancólicos. Ya nada es igual. Nada es como entonces. Nos reencontramos con viejos amigos que algún día nos confesaron secretos tremendos. Que compartieron nuestras primeras risas y vergüenzas. Aquellos amigos ya no son estos amigos de ahora. Ya no somos los que éramos. Ni somos los que imaginábamos que seríamos. Desaparecimos en la infancia lejana de nuestros pueblos donde nos moríamos de ganas de ser mayores. Ahora lo somos y no nos parecemos en absoluto a aquellos imaginados adultos de nuestras mentes vírgenes. No somos astronautas, ni bomberos, ni bailarinas, ni tampoco exploradores de selvas llenas de animales salvajes. Los amigos del veraneo nos quedamos flotando en aquel tiempo lejano. Ya apenas nos reconocemos los unos a los otros, ni en lo externo ni en lo interno. Se perdieron las pecas, los rostros lampiños, los gallos de las voces cambiantes y los calcetines calados hasta media pierna. Crecimos y llegamos a la ansiada meta de la madurez como pudimos o quisimos o nos apañamos. Tampoco están los que eran viejos cuando nosotros éramos niños. Se van llenando los cementerios y se van vaciando las casas. Se van cerrando nuestros pueblos con los recuerdos que dejamos en aquellos veranos de tardes eternas en las que anochecía cuando íbamos a buscar las vacas a la dehesa. Con las verbenas que llenaban la plaza con gentes de otros pueblos. Se van apagando, aunque conservarán en su memoria las antiguas travesuras infantiles, las mañanas de bicicletas con rodillas llenas de costras duras y de tardes de olor a heno.Ratos de frontón con palas y raquetas. Noches de tocar timbres ajenos y salir corriendo a escondernos, muertos de risa, en la oscuridad de algún callejón escuchando las amenazas del propietario del timbre. 
Permanecerán los recuerdos de chapuzones vespertinos en piscinas naturales, en los ríos, de bañarnos donde podíamos, buceando con la compañía de renacuajos y pececillos casi transparentes. Tardes de sol con la lata azul de Nivea cuando nos acordábamos de untarnos la crema espesota, porque no había padres ni madres cerca que nos obligaran a nada. Hemos vuelto a nuestros pueblos en este tórrido verano con nuestras canas, arrugas y el peso de los años que hace difícil a veces reconocernos y nos obliga a darnos cuenta de que la vida rural va evaporándose sin remedio. De aquí a unos días, los pueblos volverán a vaciarse. Sacaremos de un bolsillo imaginado un pañuelo imaginado y lo agitaremos en nuestra imaginación para despedirnos de aquellos que volvieron a nuestras vidas, tan diferentes, tan cambiados, otro verano más. U otro verano menos.