TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Dos agresiones

Un ser humano y un ser perruno, hombre y perro por si había dudas, saltan al césped a la vez. Cada uno arranca de un extremo y el partido, porque se está jugando uno, que no lo había dicho, se interrumpe por lo que pueda pasar. El primero porta una bandera. O una pancarta. O una camiseta. O directamente no porta nada porque quiere lucir el ciruelo o los pechos. El segundo está asustado. El ruido lo atenaza y por eso no quiere quedarse quieto: el miedo le hace desconfiar incluso de ese lateral derecho que tiene cara de buena persona pero vete tú a saber. Bien es cierto que al humano, salvo que se trate de un enajenado, le mueve una extraña necesidad de llamar la atención, solo eso, y rara vez le propinará un mordisco a alguno de los futbolistas. No pondríamos la mano en el fuego por el perrete, a saber si está bien educado o si tiene unas ganas enormes de atacar o un instinto irrefrenable de defenderse. En las dos alocadas carreras aparece un central, por ponerle nombre diremos Gonzalo Jara, central de Chile. El mismo que hace unos años le metió un dedo en el culo a Edison Cavani, atacante de Uruguay. Cánido y humano acaban de interrumpir un Uruguay-Chile, aunque lo mismo les daba un Mallorca-Deportivo. Sobre todo al segundo.

Jara, que tiene munición en la bota para invadir Polonia, patea primero al can, que huye despavorido, y después al invasor bípedo, que cae al suelo y es reducido. Lo primero no pasó en el Uruguay-Chile, pero sí en un partido de juveniles en nuestro país: los aficionados pitaron tanto al chico que tuvo que ser sustituido entre lágrimas. Lo segundo sí: el espontáneo, disfrazado de gallina, cayó al suelo. El reglamento contempla dos partidos de sanción «por agredir a jugadores o cualquier otra persona presente». Jara volvió a irse de rositas. Al chico querían meterle a juicio -tal vez así ha sucedido, ya que no hay noticias del asunto-, por «maltrato animal». Solo es un debate…


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