JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Locura transitoria

26/04/2020

Tiendo a la indulgencia, pero no por sentimiento cristiano, si no más bien, por una inclinación a la empatía con otros seres humanos, especialmente en casos de locura transitoria. Vivimos tiempos convulsos, la vida se nos ha puesto patas arriba y lo que era ya no es ni será, o será de otra manera, aunque añoramos lo que fue. Y en esta tesitura, se nos va la olla irremediablemente, porque estamos encerrados en casa, por responsabilidad, claro, pero el sentimiento es más bien como un castigo impuesto por algo que no hemos cometido. Y eso es muy duro para la cabeza. Así que les voy a confesar que sí, que me pareció una chorrada mayúscula lo del encierro sanferminero en Covaleda, en una localidad especialmente castigada por los efectos terribles del coronavirus, pero creo que fue fruto de un ‘calentón’ pasajero de alguien al que de pronto le pareció buena idea, y el resto le siguió la broma sin calibrar mínimamente las consecuencias. Que tire la primera piedra el que no se haya dejado llevar por una idea loca planteada por alguien cercano, y no les digo ya nada si ha habido algo de alcohol por medio, esa especie de apuesta testosterónica que siempre empieza con un «no hay huevos» y que suele acabar mal, muy mal. Que se lo digan a los simuladores del encierro, con su Miura incluido, que no solo han tenido que pedir perdón y se enfrentan a una multa considerable, sino que sufren el escarnio y el desprecio de buena parte del pueblo (y más allá, ya que el vídeo se ha visto en todas las teles). Pero es que la estupidez humana raramente se perdona, y eso que de ella no se libra nadie.
También comprendo, con reservas, a las familias madrileñas o de otras grandes ciudades con niños que escaparon a los pueblos de Soria justo antes del confinamiento, a las que han podido hacerlo. Es bastante obvio que no es lo mismo pasar este encierro en un piso que en una casa de pueblo; eso sí, teniendo en cuenta de que llegaban de un foco importante de propagación, todas las precauciones son pocas por responsabilidad con los convecinos y convecinas.  
Entiendo también, cómo no hacerlo, a los abuelos que quieren trabajar en sus huertos, en solitario, sin acercarse a nadie y sin poner en riesgo la salud de nadie, pero preservando ese espacio de evasión, tan necesario para el bienestar físico y mental. Comprendo algunas cosas absurdas que se hacen por miedo, por hartura, por exceso de presión… pero con otras no puedo hacerlo. Se me revuelve el estómago, por ejemplo, ante los mensajes intimidatorios a personal sanitario, a policías locales, a bomberos, etc. por parte de vecinos que los quieren lejos por miedo a contagios, cuando estas personas se juegan el pellejo cada día por los demás. Tampoco puedo con la falta de previsión, de liderazgo y de asunción de responsabilidades de las administraciones, que traspasan muchas veces a sus empleados decisiones que no les corresponden, perdidas en burocracias absurdas para justificar cargos y sueldos. Y, por último, me avergüenzo de los políticos que intentan sacar rédito partidista de esta crisis en la que estamos todos en vez de ser constructivos por el común. Y lo peor es que estoy segura de que el discurso del desastre y del odio les servirá a algunos para rascar votos.