Odisea en tren por el corazón de África

Óscar del Hoyo (SPC)
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La leyenda y la aventura se dan la mano en la vetusta línea férrea que une la capital de Senegal (Dakar) con la de Mali (Bamako). Cerca de 1.230 kilómetros que recorren uno de los enclaves más auténticos y genuinos del continente negro

Odisea en tren por el corazón de África - Foto: Gerardo de Mateo

Dakar. Nueve de la mañana. El sol de África golpea con fuerza en el infierno del mes de agosto. Un grupo de jóvenes europeos se dirige a la estación de ferrocarril de la capital de Senegal con la intención de sacar sus pasajes para cruzar de este a oeste el país africano y llegar hasta la desconocida Bamako (Mali). Tras hablar en un socorrido francés con un par de comerciantes de frutas, que tienen sus anticuados puestos de venta instalados en la calle, comienzan a pensar que su viaje se va a convertir en algo más que una odisea.
¿Sabe usted qué día sale el tren que va hacia Mali? -preguntan-. El tendero, un tanto extrañado, responde, incrédulo, abriendo sus grandes ojos negros: ¿Cuándo? Puede que hoy. Puede que mañana. Quizás pasado. Depende... Los jóvenes se miran contrariados y uno de ellos vuelve a interpelar. ¿Hay más de un tren? La mirada del comerciante lo dice todo. No, solo uno a la semana, pero nunca sabemos cuándo partirá. Esto es África.
El prestigioso reportero y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, que en enero de hace ya 13 años fallecía tras padecer una larga y compleja enfermedad, dedica en su libro Ébano dos capítulos a este particular viaje por la vetusta línea férrea que une a ambos países del Continente negro. El sufrido periplo no es apto para aquellas personas que carezcan de espíritu aventurero, ya que el sinfín de penurias y dificultades que se viven durante los tres largos e intensos días que dura el trayecto pueden convertir unas bucólicas vacaciones en una auténtica pesadilla. 
Odisea en tren por el corazón de ÁfricaOdisea en tren por el corazón de África - Foto: Gerardo de MateoEl punto de partida es la estación de Dakar. Un antiguo edificio colonial que remonta a épocas pasadas de bonanza económica. La actividad es vertiginosa. Decenas de fornidos porteadores vestidos con camisetas de algún club de fútbol europeo empujan sus carros cargados de productos en un ir y venir desenfrenado, mientras varias mujeres, ataviadas con sus coloristas vestidos y cargando con sus críos a la espalda, esperan sentadas en una gran pila de enseres y maletas. La escasa luz del lugar se introduce por los ventanales diminutos y sucios de las dependencias donde se expenden los billetes, dando una pequeña y alentadora tregua al asfixiante calor.
Por favor, ¿a qué hora parte el tren que se dirige a Bamako?, pregunta uno de los valientes jóvenes al jefe de estación. Hoy, no. Vuelvan mañana, contesta soez el funcionario sin retirar sus pies de la mesa ni bajar el volumen de su viejo transistor. El grupo de europeos se mira con cara de sorpresa y resignación. Alguno encoge sus hombros, aunque el primero decide volver a interrogar al adormilado operario. Pero, ¿mañana podremos viajar?, cuestiona en un tono un tanto brusco. Amigo, no lo sé. Esto es África, comenta sin pudor el oficial.
Tras pasar una entretenida jornada en la llamativa isla de Ngore, también conocida como la de los esclavos, ya que tras la colonización de América algunas potencias traficaban con grupos de negros a los que vendían al otro lado del Atlántico despojándoles de cualquier atisbo de humanidad, el grupo vuelve a dirigirse a la mañana siguiente a la estación. El tren por fin ha llegado a Dakar, y todo parece indicar que el inicio de la esperada travesía por el corazón de África iba a arrancar.

 

Primera jornada: Reconociendo el terreno

Cae la tarde en la capital de Senegal cuando por fin el tren comienza a avanzar. Muchos son los que, ante la imposibilidad de adquirir un billete, deciden subirse al convoy en marcha. Para evitar los controles del revisor, este nutrido colectivo de avispados pasajeros se aupa sin temor alguno al techo de los vagones, donde permanecen, incluso de noche, hasta llegar a su destino.
Odisea en tren por el corazón de ÁfricaOdisea en tren por el corazón de África - Foto: Gerardo de MateoA pesar de que el compartimento no es lo que esperan, el grupo se acomoda como puede y tratan de aportar algunos granos de optimismo a su montaña de desesperanza. Muy pronto se aferran a los grandes ventanales de su vagón como si se tratase de un documental en vivo. Parece un sueño. Las primeras vistas aglutinan imborrables instantáneas de los barrios periféricos de Dakar, donde la pobreza y la suciedad se dan la mano. Las horas pasan y el ritmo del tren permite que sus retinas se deleiten con un atardecer que únicamente han podido contemplar aquellos que han tenido la oportunidad de conocer algún enclave del oeste africano.
La noche llega como lo hace el telón de una función de teatro al concluir la representación de la obra. Previsible y fulminante. El calor reinante en su compartimento se hace insoportable. Los camastros en forma de litera se componen de una estructura fija con el típico colchón amarillento de espuma roída por el desgaste y el paso del tiempo. Un insalubre tisú, que se extiende sobre su lecho, esconde algunas pistas de lo que llegó a ser en su día un compartimento de lujo. Los jóvenes ponen encima sus esterillas y sacos de dormir para tratar de mitigar la suciedad. Quizás, engañándose a sí mismos, podrán conciliar el sueño en su primera noche en aquel habitáculo que parece sacado de una película de terror.
Morfeo llega sin avisar. El repetitivo traqueteo del tren y el cansancio pueden más que el incómodo calor, pero, cuando apenas han transcurrido dos horas, un brusco frenazo y el irritable sonido que sale del silbato del jefe de estación rompen el merecido descanso. ¿Qué cojones pasa ahora? -pregunta adormilado y un tanto enojado uno de los chavales-. ¡Yimi, Yame!, ¡YimiYame!, ¡Meloncee!, ¡Meloncee!, comienzan a gritar decenas de mujeres desde fuera del tren, ofreciendo un sinfín de productos. Bolsas de agua fría, cacahuetes, raíces de bahobabs, melones, mangos, bananas, regaliz de palo... A pesar de que el convoy ha llegado de madrugada, este particular mercado se da cita en cada estación como si se tratase de un 24 horas. Los habitantes de los poblados ven al tren como una oportunidad para poder ganar unas cuantas cefas -moneda en curso tanto en Senegal como en Mali- y no pierden la ocasión para tratar de colocar alguno de sus productos a viajeros, operarios y turistas.
Odisea en tren por el corazón de ÁfricaOdisea en tren por el corazón de África - Foto: Gerardo de MateoEsta situación se repite decenas de veces durante todo el camino. Las paradas se prolongan de 10 a 45 minutos y lo que queda patente es que la vetusta línea férrea vértebra la vida y las ilusiones de los habitantes de un buen número de poblaciones del norte de Senegal.

 

Día dos: Bahobas, Tambacounda y control fronterizo

El tren ha vuelto a detenerse. Los primeros rayos de sol entran por la mañana y el grupo de aventureros decide apearse en la estación. Tras preguntar al revisor, optan por pegarse una ducha africana. Esta modalidad de aseo es muy normal por aquellos lares. Mientras uno vierte el contenido de una gran garrafa de agua, otro se sitúa debajo para poder acicalarse con el líquido elemento. La posibilidad del baño está descartada. El hedor que emanan los servicios del tren es insoportable.
El paisaje es auténtico. Decenas de bahobabs se suceden a lo largo y ancho de una verde explanada cargada de vegetación. Extrañas aves nunca vistas antes se posan en las ramas de estos peculiares árboles, mientras coloristas reptiles otean curiosos con sus ojos saltones desde cualquier esquina. Varios niños descalzos se acercan a los jóvenes aventureros, inquiriéndoles en francés algún regalo. Monsieur, cadeau, cadeau..., repiten los pequeños, mostrando las palmas de sus manos. Una botella de agua vacía, un globo o un caramelo iluminan sus rostros como si de un gran tesoro se tratase. A pesar de sus penosas circunstancias y de no tener nada, no pierden la sonrisa en ningún momento.
El convoy continúa su lenta marcha. Las escenas que se pueden contemplar desde las ventanas hacen más que ameno el desplazamiento.
Odisea en tren por el corazón de ÁfricaOdisea en tren por el corazón de África - Foto: Gerardo de MateoAldeas formadas por cabañas de paja y barro, singulares mezquitas, agricultores con rudimentarios arados, grupos de monos, lagos de increíbles aguas verdes... Todos estos elementos se divisan desde los amplios ventanales del compartimento, que hacen las veces de pantallas de televisión.
Una nueva parada altera el sueño de unos y los pensamientos de otros. Tambacounda. Se trata de la última gran población antes de llegar a la frontera con Mali. Hartos de comer barritas energéticas y sandwiches de un dudoso paté -ésta fue la base de la dieta durante las dos primeras jornadas-, los jóvenes se apean para adquirir algo de fruta.
¡Yimi, Yame!, ¡Yimi, Yame!, ¡Melonce, Melonce!, repiten sin cesar multitud de mujeres al tiempo que ofrecen todo tipo de productos. La estación de Tambacounda es una de las más grandes del trayecto. A escasos metros de los andenes hay una especie de bar, regentado por una joven africana, al que acuden multitud de viajeros. Su oferta es irrechazable: Coca-Cola fresca y bocadillo caliente por algo menos de un euro. Estoy harto de comer barritas energéticas, comenta uno de los jóvenes, sin quitar sus ojos de la fuente de metal que albergaba el guiso que utilizaba la cocinera como condimento del emparedado. Estás loco, ¿vas a comerte eso sin saber ni siquiera lo que es?, le pregunta sorprendido uno de sus compañeros. Y así fue.
Tras disfrutar de la apetitosa cocina senegalesa -el dudoso contenido del puchero podía ser bien cabra o bien gato- y acabar con la mordaz hambruna, el grupo vuelve a subirse al tren, que pronto reinicia su marcha. No ha pasado ni una hora cuando el valiente que decidió probar las bondades culinarias africanas comienza a sentirse indispuesto. Nunca olvidará su visita al baño de aquel vagón y cómo algunos viajeros preferían hacer sus necesidades en cubos de plástico antes que entrar en ese inmundo habitáculo de fuerte olor a orín.
El sol dice adiós. El sopor y el cansancio se apoderaban del grupo, que desea poder dormir unas horas sin que nada ni nadie alterase sus sueños. Hacia las dos de la madrugada el tren vuelve a realizar otra parada. Un irritante y ensordecedor sonido procedente de una charca cercana acaba con la paz reinante. ¿Y ahora qué coño pasa?, espeta uno de los jóvenes incorporándose. Una jauría de anfibios en celo croa con una insistencia desconocida. El grupo se despierta por completo y, aunque asoman sus cabezas por la ventana para tratar de divisar la estresante orgía acuática, la cerrada noche no les permite apreciar bacanal alguna. Sólo un sonido propio de una auténtica plaga.
El anticuado convoy retoma su marcha, pero, cuando los aventureros han regresado a los brazos de morfeo, un martilleante grito interrumpe de nuevo su reposo. ¡Passport, Passport! -piden con insistencia dos corpulentos militares de Mali, enfocando con sus linternas. Son las cuatro de la mañana y acaban de toparse con la frontera. Tras presentar su documentación y visados, los hombres de verde, de cuyos hombros cuelgan sendos kalasnikov, continúan con su control por el resto del pasaje.

 

Último día: El bar, el agua y la llegada a Bamako

La mayoría del grupo aprovecha la mañana para recuperar fuerzas. Algunos prefieren seguir aferrados a los ventanales y contemplar los paisajes y poblados que se suceden. Ya se encuentran en Mali y la meta -Bamako- parece estar al alcance de sus manos.
El tren dispone de un peculiar vagón-restaurante. La madera carcomida y multitud de bultos y maletas dan la bienvenida al visitante, mientras que un buen número de sucios viajeros permanecen tumbados en las mesas. El olor es fuerte y desagradable.
Tubabou, Tubabou, gritan dos niños desde una de las esquinas, señalando a los pocos hombres blancos que hay en aquella tasca itinerante. Una rolliza camarera, que guarda la caja y los cambios en el sobaco, sirve botellines de cerveza Flag. De fondo, la música procedente de un vetusto transistor lleno de polvo ameniza la estancia.
¿Cuánto queda para llegar a Bamako?, pregunta uno de los aventureros al revisor. Algo menos de dos horas, pero ya sabéis que esto es África, responde el simpático operario. Son las seis de la tarde y ésa última frase, que ya han escuchado con anterioridad en numerosas ocasiones, no hace presagiar nada bueno.
Pasan esas dos horas y otras siete más sin que el tren llegue a su destino. La desesperación y la tensión se palpan en el ambiente y tiene su punto álgido cuando el convoy para en seco en medio de un vergel. Una decena de trabajadores corren de un lugar a otro y una gran nube de humo empapa la noche como si de una intensa niebla se tratase. La locomotora se ha quedado sin agua y no puede continuar. Hay que bajar a buscar agua. El motor se ha calentado. Ya sabéis que esto es África, remacha el revisor, en un precario inglés con una sonrisa en su rostro.
Tras hallar abundante agua en una pequeña charca y sofocar el fuerte calor que está soportando la maquinaria, el tren retoma, una vez más, su marcha hasta llegar a Bamako. Allí, y a pesar de que son altas horas de la madrugada, medio centenar de avispados taxistas espera a los intrépidos protagonistas, que jamás olvidarán la experiencia de viajar en tren por el corazón de África.