TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Hay que hacer caso a Núñez Feijóo

Alberto Núñez Feijoo es, como todos, un hombre con sus defectos y sus virtudes. Entre las últimas aprecio el no haberle escuchado jamás decir una tontería. Y sí algunos aciertos: habría que hacerle, le dije una vez a un ya ex alto cargo del Partido Popular, un poco más de caso al presidente de la Xunta, el hombre que quizá renunció a ser presidente del Gobierno en el futuro cuando rechazó dar el paso de abandonar Galicia e ir a Madrid para presidir el PP. Ahora ha sugerido, quizá no por primera vez, que una salida decente al atasco en el que la política (los políticos) nos ha metido seria una gran coalición entre socialistas y populares. O al menos un amplio pacto de Legislatura. Y ¿por qué no? 
Algunos llevamos años hablando de la conveniencia de una gran coalición, con vigencia temporal y alcance ampliamente reformista, entre el PSOE y el PP. Y ojalá se sumasen también Ciudadanos y, si este partido aceptase unas condiciones, incluso Podemos, siempre con un afán regeneracionista y una duración inferior a una Legislatura 'normal' (ya casi ni sabemos lo que es eso). Hay que reformar la normativa electoral para evitar atascos como el que vivimos; hay que iniciar la reforma de la Constitución, para allanar cuestiones como la financiación autonómica, la dispersión territorial y los sofocos a los que por ejemplo el artículo 99 se exigen al jefe del Estado cuando llegamos a circunstancias como las que el Rey tendrá que vivir el lunes, cuando llame a los partidos tras el gran teatro de la no-negociación. 
Eso, el gran pacto nacional, solo se puede abordar desde un Ejecutivo de coalición, incluso de concentración, superando la dialéctica, tan cara a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias, de izquierda-derecha, que, a mi entender, corresponde a planteamientos viejos, que ya solo en las encuestas del CIS aparecen. Nos empeñamos, desde el estamento de próceres, en revivir las dos Españas, y los españoles creo que tenemos ya muy poco interés en fomentar nuevas divisiones, que bastantes tenemos ya planteadas. Si, en su momento, hace algo menos de una década, se hubiese llegado a una coalición temporal entre lo que luego llamarían 'las derechas' y 'las izquierdas', otro gallo nos hubiera cantado: ni el problema catalán sería el actual, ni el debilitamiento en la Jefatura del Estado que hoy percibimos habría llegado a este punto ni los 'partidos emergentes' hubiesen emergido con las características que ahora lamentamos y sí quizá con otras más constructivas. 
Ahora, precisamente por el problema catalán, que se agudiza, en lugar de, como algunos creen, mejorar por la división independentista, necesitamos como nunca un Gobierno fuerte, y uno del PSOE dependiendo de Podemos y de los propios independentistas no lo sería. Que les pregunten a los grandes empresarios españoles, que prefieren elecciones repetidas a ese Ejecutivo. O mire usted a Mario Draghi, que está tomando medidas de emergencia ante la recesión que viene y que necesitará acciones urgentes desde un Gobierno 'activo', como bien sabe esa buena ministra (en funciones) que es Nadia Calviño. 
 Cómo saber lo que ocurrirá, o no, en estos cinco días que nos quedan para afrontar colectivamente el destino que nos impongan cuatro líderes políticos después de una 'negociación', ejem, ciertamente bochornosa, en la que Sánchez ha acabado destrozando (o eso cree él) a su principal rival, es decir su 'socio preferente' Pablo Iglesias. Yo creo que, excepto sorpresas mayúsculas, solo nos quedan las elecciones, para bien o, sobre todo, para mal. Yo solo digo, ante el bochorno político que nos embarga, que hay que hacer un poco más de caso a quienes se atreven a proponer fórmulas nuevas, como Feijoo. ¿O es que solo queremos ser alemanes cuando pedimos que dimitan los políticos que copian en sus libros o tesis?  


Las más vistas