SIN RED

Loli Escribano

Periodista


El fútbol es así

Hace unos días me quedé muerta escuchando a los 60.000 seguidores del Betis, en el Benito Villamarín, coreando al unísono, «¡Quique, vete ya!». Se oía con tal nitidez ese grito común que me asusté. 60.000 personas, cobijadas entre el anonimato que da la multitud, juzgando a un señor en su lugar de trabajo, gritándole a pleno pulmón. No me imagino a los 40.000 sorianos que vivimos en la capital juntándonos a pie de obra para cantarle a Pepe el albañil, porque no nos gusta cómo coloca los ladrillos, «¡Pepe, vete ya!». O haciéndole corro a Paco, el policía, porque no pilla in fraganti a los delincuentes todos los días: «¡Paco, vete ya!».
Me gustaría saber la eficiencia y competencia profesional de esos 60.000 aficionados que juzgan a grito pelado al entrenador de su equipo. Seguro que entre los 60.000 habrá algún abogado que no gana ni un pleito, algún fontanero que no sabe enroscar una tubería, alguna arquitecta que dibuja torcidas las líneas de un plano o alguna profesora de inglés a la que no se le entiende lo que pronuncia. Seguro que también habrá grandes profesionales. Pero ellos, no hacen autocrítica ni son coreados por miles de personas por lo mal que lo hacen en sus trabajos. Ni probablemente  entenderían que lo hicieran. El fútbol es un universo paralelo en el que rigen normas y conductas que en el universo del resto de profesiones, son una auténtica aberración. Yo he visto a entrenadores de fútbol base cómo gritan a sus pupilos, niños de seis, siete, ocho o doce años. Gritarles y faltarles el respeto. Y no pasa nada. El fútbol es así. Si un profesor gritara así a un alumno, los padres se  indignarían y le denunciarían en los tribunales, los medios de comunicación dedicarían minutos y páginas durante varios días y la Justicia caería sobre su cabeza.
La sociedad asume que el fútbol es el universo en el que se desfogan los aficionados, los socios. Los amantes del balompié están convencidos de que su dinero, con el que pagan la entrada o el carnet de socio, conlleva el derecho de gritar, insultar y patalear si su equipo pierde, si el entrenador no les gusta o si el hincha del equipo rival anima a su equipo o defiende una jugada dudosa. Hasta justifican estos comportamientos diciendo que cuando el aficionado sale del campo después de haber gritado e insultado, sale nuevo. Como si fuera una terapia. Si alguien necesita desahogarse porque está frustrado o tiene cualquier desequilibrio emocional, veo más recomendable que vaya al psicólogo o al psiquiatra. Y si cree que lo único que necesita es gritar e insultar que se vaya al campo a hacerlo, no al de fútbol, al que nos regala la Madre Naturaleza. Y que se juzgue a sí mismo, seguro que tiene muchas cuestiones que mejorar.