TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


"Parece un parte de guerra", me dijo

Martes, ocho de la mañana. El taxista que me lleva de Lorca a la estación de Murcia se ha quedado mudo al escuchar el comienzo de un informativo de radio. "Parece un parte de guerra", exclama. Acaba de oír que cientos de efectivos policiales y de la Guardia Civil han sido movilizados para unirse a los miles que ya están en Cataluña. ¿Objetivo? "Combatir" unas movilizaciones en la calle que se dan por seguras inmediatamente después de que se conozca el tenor de la sentencia del Supremo contra los independentistas catalanes que participaron en el intento de golpe de octubre de 2017: se habla de cortes de carreteras, huelgas, toma de edificios públicos... 
A continuación, y a mi juicio algo exageradamente, la locutora habla de la batalla que este lunes se había desarrollado en el Parlament con motivo de la moción de censura fallida presentada por Ciudadanos contra Torra: "solo ha fortalecido al irredento Torra", dice la radio. Luego, la locutora hace recuento de los desafíos lanzados por el president de la Generalitat, embarcado en una confrontación, de momento verbal, contra el Gobierno central. 
Tengo que dar la razón al taxista: es una apertura de informativo cuando menos apta para despertarte a tempranas horas de la mañana. Completada con la opinión de un colaborador, que afirma que solamente un entendimiento entre las fuerzas constitucionalistas podrá impedir una posible quiebra del Estado, tal y como hoy lo conocemos. 
A veces empleamos tintes dramáticos para calificar una situación susceptible de asustarnos, como una reacción muy fuerte de los sectores independentistas ante una sentencia presumiblemente dura contra los procesados, no se sabe aún si por rebelión (improbable, creo, que la sentencia se pronuncie en este sentido), sedición o qué. A raíz de esta sentencia, parece haberse abierto una especie de concurso de ideas entre los indepes para ver quién logra tirar la piedra de la protesta más lejos, perjudicando más los intereses de los ciudadanos y, si se puede, de rechazo, los intereses de los españoles. Un marciano se marcharía pensando que estos terrícolas están a punto de iniciar una confrontación bélica y que hay que huir cuanto antes de este país de locos. 
Yo, la verdad, no dramatizaría tanto como algunos conductores radiofónicos en busca de share, pero sería absurdo y hasta lerdo no admitir que me siento, probablemente como usted, como tantos, preocupado: Quim Torra se ha convertido en líder del sector secesionista más intransigente y cerril, lo que, siendo el president de la Generalitat -y jefe supremo de los mossos, en realidad, aunque no lo sea en teoría-, lo convierte en sumamente peligroso para la estabilidad del Estado. Como el diálogo con él desde el Gobierno central se ha vuelto imposible, hay, entonces, que mandar a los Grupos de Reserva y Seguridad para que garanticen que el máximo pirómano y sus amigos los CDR no enciendan fuegos devastadores. GRS versus CDR. Mal panorama, que nos retrotrae a aquel 1 de octubre de 2017 (y a otros ejemplos, glub, bastante anteriores) 
Pero, claro, también me inquietan algunas cosas que (no) ocurren en este lado del Ebro. Que ni Pedro Sánchez, que ha definido la idea de gran coalición como un "trampantojo", ni Pablo Casado, para quien el concepto de esa alianza, defendida por Núñez Feijoo entre otros, son caralladas, sean capaces de aceptar, a estas alturas, que de aquí no salimos sino con un gran acuerdo de Estado entre PSOE y PP, es algo que me produce angustia. Que ambos se aferren todavía a los mismos conceptos que nos llevaron a estas elecciones del 10-N, como si aquí no hubiera pasado nada, demuestra que no han entendido gran cosa. O que se guardan las cartas para el día después de la jornada electoral, porque no quieren resbalones a lo Albert Rivera durante la campaña. 
Pero las reformas, decisiones y diálogo que son precisos para afrontar la enorme crisis catalana, entre otras amenazas, necesitan de un amplio consenso. Y de una generosidad de la que Pedro Sánchez, empeñado en gobernar en solitario -es lo que dice en campaña, luego ya veremos lo que puede lograr-, no hace precisamente gala. Sé que los líderes de los dos principales partidos mantienen un cierto diálogo subterráneo, sí, pero la política de oídos sordos, al menos oficialmente, se mantiene. Serán caralladas, trampantojos o, dice, reproduciendo la voz de sus mayores, Adriana Lastra, cosas absurdas; pero se equivocan si creen que, tras el 10-N, pueden volver a la casilla de salida, como si las radios no estuviesen emitiendo lo que el taxista llamó partes de guerra
No son cosas de este cronista: pregunte usted a mi amigo el taxista de Lorca y verá el cabreo que tiene con las caralladas y los trampantojos, para él y para tantos incomprensibles, de aquellos a quienes, genéricamente, califica como "ellos, los políticos". Y no se refiere precisamente a gran coalición alguna: habla de las actitudes de esos políticos, apenas interesados en acumular votos más que soluciones a problemas que a veces ellos mismos han creado. En ocasiones creo que a ellos les convendría tomar un taxi y dejar el coche con el chófer momentáneamente aparcados. Para escuchar a gente como mi taxista, digo.  


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