VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Sánchez emula a Rajoy

Saboreando las mieles del poder es cuando un dirigente político empieza a comprender a quienes le han antecedido, por mucho que le hayan descalificado y atacado por hacer su trabajo de acuerdo a sus principios. Esto último, lo de los principios, es más que cuestionable en el personaje por los constantes vaivenes en su línea de pensamiento en los más diversos ámbitos del debate público en los que hoy ha dicho blanco y mañana dirá negro sin inmutarse. Pero lo primero es lo que le ocurre a Pedro Sánchez desde hace dos semanas, cuando se conoció la sentencia por el golpe al Estado cometido por las instituciones catalanas. Se está enfrentando cada mañana a un espejo que le devuelve insistentemente la imagen de alguien a quien vilipendió hasta que pudo enviarle al trastero de la historia: Mariano Rajoy.

Sánchez se niega a hablar con el presidente de la Generalitat como hizo Rajoy, quien alegaba que podía hablar de cualquier cosa menos de romper la unidad de España. Y las críticas de Sánchez fueron entonces furibundas por la decisión del presidente de negarse “al diálogo”. Sánchez envía a la Policía a Cataluña a batirse el cobre más solos que la una, sin medios suficientes para contener a una masa enfervorecida, como hizo Rajoy en las fechas infaustas del 1-O. Y recibió bofetadas dialécticas del entonces jefe de la oposición por arrojar a su suerte a los agentes en un entorno hostil y alojarlos en un barco con la imagen de los dibujos animados. Sánchez considera que los graves altercados que se han registrado en Cataluña durante su mandato pueden ser relativizados como si no fueran tan importantes como todos los ciudadanos han visto en sus hogares a la hora de la cena. Exactamente lo mismo que le afeó a su antecesor siempre que tuvo un micrófono delante aquellos días negros. Sánchez se reviste de moderación y no para de repetir que la respuesta al desafío será “proporcionada y firme”, palabras idénticas a las del tan criticado Rajoy durante los peores días del final de su mandato.

Es mucho lo que une a los dos últimos presidentes democráticos de nuestro país sobre la forma de hacer frente a las oleadas violentas y antidemocráticas que llegan desde el noreste peninsular. Aunque sean muchas cosas más las que les separan. Nadie podrá demostrar por ejemplo, antes del 10-N, que Sánchez vaya a pactar con uno de los partidos independentistas y antiespañoles que está intentando romper la Constitución y la convivencia. Será imposible probar antes de la fecha electoral que los sediciosos condenados por el Tribunal Supremo van a quedar en la calle, indultados de facto por una sentencia claramente benévola, a los pocos días, quien sabe si horas, después de que se abran las urnas (¿por qué no antes?). Todo eso, que ahora elude el candidato y presidente cesante, ocurrirá después.