FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


La obsolescencia del Valle

Amortiguados los ecos de la exhumación de Franco, incluidos los de la penosa utilización electoral de Unidas Podemos, PP y Ciudadanos acusando de utilización electoral al Gobierno, y los de la escandalosa resurrección mediática de los deudos del sátrapa, esa extraña e inquietante familia, queda por discernir qué se hace con el Valle de los Caídos, esa mole profanadora de la belleza de la Sierra de Guadarrama que se ideó para perpetuar la Victoria y que succionó los restos de decenas de miles de sus víctimas. 
Un Comité de Expertos sugirió hace unos años la reasignación del significado del siniestro mamotreto horadado en la roca por el trabajo esclavo a golpe de humillación y silicosis, pero hay cosas cuyo significado es tan unívoco, tan brutal, que no puede reasignarse. Dicho Comité, imbuido de admirables intenciones, propuso su reconversión en Memorial, en la línea de los actuado en algunos de los campos de exterminio nazis que sarpulleron de horror la Europa central y del este. Sin embargo, por lo disímil de la génesis de esos campos y del Valle (los unos se crearon puntualmente para matar, el otro para perpetuar la memoria de la muerte), y por la triste vigencia de la división entre españoles que la descomunal fosa común representa y atiza, dicha transformación se revela más imposible que deseable. 
Con la próxima exhumación de ese otro psicópata desalmado y genocida, el Queipo de Llano que mandó dar "café, mucho café" a más de 50.000 personas (hombres, mujeres, niños, poetas...) en la desventurada Andalucía bajo su férula, se resuelve la insanía de la larga estancia de su cadáver en la sevillana basílica de La Macarena, pero el mero traslado de los restos de Franco deja pendiente el dilema de qué hacer con el monumental sepulcro en el que quedan revueltas y en gran parte innominadas sus propias víctimas, las de la Guerra con las que destruyó a una generación de españoles y dejó malherida y muda a la siguiente.  De todas las ideas aportadas sobre el futuro del Valle de los Caídos, ese lugar que es puro pasado o debiera serlo, hay una que, por lo lúcida y cabal seguramente, no ha concitado la menor atención: la de su reintegración a la Naturaleza, a la obsolescencia que dicta el sol, la lluvia, la nieve, la vegetación y el viento. Dicha idea, que habría de desarrollarse con el máximo de tino y de consenso, contemplaría el traslado de los restos de las víctimas de la Victoria, pues víctimas de ella fueron tanto los muertos del lado rebelde como del republicano, a sepulturas dignas, dejando el monumento, vacío, a merced de la intemperie. Entonces sí acabaría siendo el único Memorial posible, el de la ruina total que fue para España aquella Guerra.