LA MAREA

Antonio Pérez Henares

Escritor y periodista. Analista político


El "trágala" catalán

La deriva catalana, el trágala de anormalidad que se ha ido normalizando y se pretende hacer pasar como "bueno", ha corrido parejo en sus fondos e intenciones como en sus formas y maneras para conseguirlo imponer. 
Por un lado ha ido la taimada hoja de ruta. Se comenzó diciendo que todo ello, y esto hasta anteayer, era para mejor encajar a Cataluña en España, que la cesión de las competencias, de las prisiones a la educación, era para mejor maridar la relación. Eso proclamaba Pujol y eso siguieron haciendo hasta ayer. Cada paso avanzado, cada cesión solo suponía el subir después un palmo más el listón. Y cuando éste ya alcanzó el límite de lo que era posible en la Constitución y la soberanía nacional, el verdadero derecho a decidir de todo el pueblo español, pues entonces simplemente se rompió y se tiró. Ya no les servía para más y se quitaron la careta. Había sido un engaño continuado para poder llegar hasta allí y llegados intentar lo que desde un principio y con falsedad pretendieron conseguir. Lo han proclamado ellos mismos. La secesión. 
Ahora, además, pretenden subvertir el relato y convertir esa traición a la joven, ingenua y generosa democracia española, que ha otorgado los mayores niveles de autogobierno, respeto a cultura y señas de identidad de toda Europa, en una presunta opresión y represión y encima lanzar basura a escala europea y mundial contra esa misma democracia que todo, hasta lo que no debía, les permitió. Si hoy en Cataluña existe imposición, coacción y represión es la que los separatistas llevan años ya imponiendo a quienes no lo son. 
La táctica en los métodos empleados ha corrido en perfecto paralelo a la perversa intención. Por ejemplo en el caso de la lengua. De la queja por el catalán al intento de aplastamiento y prohibición del castellano. Pregonando, claro, por toda España (con la complicidad de una izquierda abducida) que lo que era una evidencia eran imaginaciones de los que sufrían tal imposición. 
En ello y en todo, la táctica ha sido igual. Los nacionalistas como victimas. Cuando era, y cada vez más exactamente, al revés. La coacción, la imposición, el arrinconamiento a los otros en sus derechos y libertades se transformaba en actos de presunta paz, sonrisas y amor. Reventar un acto publico, impedir hablar a un opositor, amenazar, insultar era lo "democrático". El amenazado y coaccionado era además "fascista" y como tal, claro, se le podía aplastar. 
El nuevo paso ha sido y está siendo, y prosigue su blanqueamiento mediático y coral, esperpéntico, pero que bien puede convertirse, en ello están, en lo "bueno y progresista". Los incendios, la violencia más vesánica, el impedir a las gentes, eso fue este domingo, ejercer sus derechos y libertades, como asistir a una manifestación cortando líneas férreas o bloqueando carreteras, el atacar a las fuerzas de seguridad y hasta la fabricación de explosivos para cometer atentados han de suponerse y admitirse como "pacíficos". Y colocar en la cabeza de su manifestación a un terrorista asesino, Carlos Sastre, que adosó una bomba a un empresario al pecho y la hizo estallar, es algo que esa parte de la sociedad admite y hasta jalea. 
Son hechos. Pero nada parecen valer. Cuenta más la propaganda y, aun peor, la complicidad de quienes debieran estar y dar esa batalla, tanto allí como en el conjunto de España y no la dan. Al contrario, y no es de ahora lo que han hecho y siguen haciendo, no hablemos ya de sus cómplices de podemitas, los Maragall, que al final ya se descubren y se van al otro lado, y los Icetas, allí, y aquí los Zapateros y los Sánchez, es lavarles la cara, pactar y gobernar por ellos y con ellos. En Badalona o en Moncloa. Y, aunque ahora lo oculten, el 11-N, si pueden, lo volverán a hacer.