RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


El Cantar de Cantares, el cuerpo como templo

Víctor García de la Concha, director honorario de la Real Academia Española, acaba de editar el texto bíblico del Cantar de Cantares de fray Luis de León, «una de las páginas más bellas de la prosa de fray Luis y de la literatura espiritual del Siglo de Oro», según escribe García de la Concha. A su renombrada cualidad de filólogo, el académico añade su profundo conocimiento de la teología cristiana, y ambas especialidades dotan a este libro de significados que van más allá de un importante acontecimiento literario. El Cantar de Cantares, para los judíos, cristianos y musulmanes, fue escrito por el profeta y rey de Israel, Salomón (siglo X aC.), hijo del rey David, en la práctica, el último monarca de Israel. 
Fray Luis de León (1527-1591), como todos los especialistas de la Biblia de su tiempo, así lo creyeron, y sólo la crítica filológica contemporánea ha demostrado que no fue escrito por el rey Salomón, sino que resultó ser un texto elaborado años más tarde, pero que tuvo la virtud de mantener la memoria de ese rey poderoso y sabio de los israelitas, cuando la monarquía y el reino unificado había pasado a ser recuerdo de tiempos perdidos y gloriosos. 
La nostalgia del reino de David y Salomón está presente en la mayoría de los libros bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Hoy es un factor de movilización nacionalista del Israel de Netanyahu, el sueño de un gran Israel de sus fanáticos aliados, pero también ha sido elemento fundamental de cualquier reflexión sobre la política y el Estado de una parte de los filósofos europeos del poder, desde Thomas Hobbes y su Leviatán bíblico. Las inmensas reverberaciones culturales que tuvo y tiene Salomón y sus escritos explicarían, en mi opinión, la inserción del Cantar de Cantares en el corpus de libros revelados por Dios, siendo como es, un poema bellísimo que relata el amor del rey Salomón con su esposa, «la bella sunamita» (que en hebreo pudiera traducirse como la mujer de Salomón).
Víctor García de la Concha, en su estudio previo a la traducción de fray Luis del hebreo al castellano (fray Luis era descendiente de judíos y de ahí reside parte de sus padecimientos con la Inquisición), aunque se refiere al Cantar de Cantares como una metáfora del amor de Yahvé por Israel, o después de Cristo por la Iglesia, García de la Concha opina que el amor divino por los humanos no está escindido o separado entre el amor físico y el amor espiritual, sino que el amor forma un todo inseparable. 
«Si el texto alcanza tal intensidad de erotismo -escribe García de la Concha refiriéndose al Cantar de Cantares- es porque para probar cuál sea el amor divino hacia el hombre, no encuentra el Espíritu cosa mejor que ceñirse a la medida de los hombres y convertir la aventura amorosa en el cañamazo sobre el que, a la par, se teje la historia de la aventura divina… resulta de todo punto inexacto afirmar que las explicaciones al sentido espiritual y místico son continuas. Por el contrario, la atención (…) se concentra, casi con exclusividad, en el plano de los amores humanos, en su dimensión psicofísica. Parece, pues, mejor buscar la explicación donde el maestro salmantino la sitúa: cuanto más calemos en la captación del amor humano, tanto más ahondaremos en la profundidad del amor divino hacia los hombres».
El Cantar de Cantares será uno de los más espléndidos poemas eróticos de la cultura occidental. La Biblia explica que Salomón, que tenía setecientas mujeres en su harén, distingue a la esposa morena o negra, hija del faraón, como la más bella entre las bellas. 
El Cántico empieza así: 
La esposa: «Béseme de besos de tu boca, porque buenos son tus amores más que el vino».
He contrastado la versión de la Vulgata, traducida al castellano en 1845, y la edición de la Biblioteca Autores Cristianos de 1985, y aunque no hablan para nada de la traducción de fray Luis, ambas coinciden en lo fundamental en su léxico amoroso. Por ejemplo, este gracioso pasaje de fray Luis:
«Nuestra hermana pequeña, y no tiene tetas;
¿qué haremos de nuestra hermana 
cuando se hablare de ella?»

La versión de las otras dos traducciones, utilizan el mucho menos realista pechos que tetas.
La literatura erótica mundial no supera estos párrafos:
«Los cercos de tus muslos
como ajorcas labradas de mano de maestro.
Tu ombligo, como taza de luna que 
no está vacía.
Tu vientre, como montón de trigo 
cercado de violetas.
Los dos pechos tuyos,
como dos cabritos mellizos de una cabra».

John Rawls (1921-2002), el filosofo del Derecho más influyente del pasado siglo, escribió ya anciano un ensayo titulado Sobre mi religión. En él afirmó: «La naturaleza es buena, el cuerpo es el templo del espíritu y los apetitos no son ni pro-sociales ni anti-sociales. Todos los esfuerzos por culpar a «fuentes externas», incluidos nuestros apetitos naturales, son variantes de la herejía maniquea». Creo que Rawls, fray Luis y García de la Concha acertaron. 


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