CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


Aguas peligrosas

La preocupación en los últimos tiempos por el medio natural, la sostenibilidad medioambiental, el cuidado del planeta que compartimos es directamente proporcional a su deterioro progresivo y de forma contradictoria a la puesta en marcha de acciones que atentan contra un entorno al que se pone fecha de caducidad. Por momentos, la gallina de los huevos de oro tiende a decir basta con mayor frecuencia y la situación es cuando menos es alarmante. No lo dice azarosamente el que suscribe ni cuatro ecologistas, a los que se tilda de interesados cuando levantan la mano, ni se trata de plantear una guerra contra la gente del campo, que calcula durante estos días las consecuencias del pedrisco, pero no todo vale y menos morder la mano que nos da de comer que no es otro que el terreno que pisamos. La gravedad del escenario, no soy de creer en agoreros y apocalípticos, contrasta con la ligereza con que muchos asumen un hecho que se manifiesta con cifras objetivas, como es la creciente contaminación en diferentes ámbitos. Parece ser que para más de uno el fin justifica los medios.
No tiendo a enrocarme en el ‘no es no’. He defendido la macrovaquería de Noviercas, si las leyes determinan su viabilidad y cumple con los requisitos medioambientales, y el desembarco de las granjas de gorrinos si asumen todas las prerrogativas y exigencias normativas. No conviene añorar ni anclarse a un tiempo que ya pasó (no estamos para granjas unipersonales modelo ‘Heidi’) superado por los modelos productivos que hacen inviables otro tipo de explotaciones de corte familiar, pero es la ley y el respeto lo que ha de guiar la instalación de todo tipo de negocios que tienen su cimiento y echan sus raíces en la naturaleza. A partir de estas premisas, no soy partidario de poner verjas al campo. Y si bien no se puede poner en la diana a todo un colectivo, sobran datos y casos para tal vez cambiar de marcha, echar el freno y sentarse a reflexionar. Ya no son meras estimaciones, ni la intuición de que ya nada nos sabe como solía, ni tan siquiera de predecir las lluvias a partir de las cabañuelas. Hoy tenemos más que nunca medios e indicadores fiables que nos hablan con certeza de la situación de nuestro medio, la realidad es tozuda y se presenta cada vez con más crudeza.
Las cifras sacan los colores a los que, amparados en el victimismo, ponen en marcha prácticas perniciosas, cortoplacistas, y que en el pecado llevará la penitencia: el agotamiento de los recursos que explotan. En los últimos tiempos, preocupa algo tan básico como el consumo de agua potable. El uso de fertilizantes, el elevado índice de nitratos hace cada vez más desaconsejable está opción. Esta semana hemos venido informando a través de La 8 Soria de la situación de Hinojosa del Campo donde a través de un bando se recomienda a la población abstenerse de consumir agua ‘potable’, ni tan siquiera cocinar, por el alto índice de nitratos. Se han superado los límites que marca la Organización Mundial de la Salud, de 50 miligramos por litro de agua, y se acercan peligrosamente a los 100 donde el riesgo de padecer una enfermedad grave es elevado. Con buen criterio se ha restringido el consumo de agua hasta nuevo aviso pero lo que me chirría son las explicaciones: se habla de la ausencia de lluvias que habría propiciado la acumulación de nitratos pero nadie reconoce que se le ha ido la mano con el uso de fertilizantes y abonos. Balones fuera. 
El de Hinojosa no es un caso aislado, los últimos estudios revelan que 59 de los 183 municipios de la provincia presentan valores por encima de los 50 miligramos, es decir un 32% de los pueblos sorianos no cumplen con los parámetros de calidad para el consumo humano. El propio Procurador del Común, Tomás Quintana, en su primera visita a Soria el pasado febrero, alertaba sobre esta situación al señalar que durante el pasado año hubo que actuar de oficio por insalubridad de las aguas en 25 municipios de la provincia.
Vivimos en un mundo prolijo en contradicciones. De esta Soria, camino de convertirse en un erial humano, se vende como ventaja la pureza de su medio natural, la calidad de vida del medio rural, la calidad del aire que respiramos, pero, sin embargo, uno no puede abrir el grifo y consumir un bien tan preciado como es el agua. ¿No estamos vendiendo, tal vez, cómo valor añadido, algo de lo que carecemos?, ¿una Soria que ya no existe? Nos preguntamos los motivos que hacen de los pueblos territorios fantasmas: ausencia de servicios, excesiva tranquilidad, falta de comunicaciones…y, para rematar, lo que se nos presentaba como un mundo sin malos humos, ajeno a las consecuencias nocivas del progreso y el desarrollo, parecen abonados a prácticas que amenazan su futuro. No es cuestión de criminalizar a aquellos que viven del campo, a un sector clave para la economía y de presión para la clase política, pero, por una vez, dejen la queja constante tanto si la cosecha es abundante como si viene escasa, dejen de buscar enemigos por doquier, hagan autocrítica, y saquen los pañuelos para llorar por un medio rural cada vez más inhóspito por el que bajan aguas peligrosas.


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