JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Ruido

22/11/2020

Un ruido insoportable, una nube de noticias falsas, contranoticias, bulos, fakes, exageraciones sensacionalistas, informaciones interesadas. Eso es a lo que asistimos en los últimos tiempos, aún más desde que vivimos en esta absurda pandemia para la que apenas vislumbramos un final próximo. Y en medio de esta maraña informativa, creciendo exponecialmente al ritmo de las propias redes sociales, los ciudadanos y ciudadanas de a pie, indefensos ante tal bombardeo, incapaces de diferenciar, impotentes a la hora de buscar fuentes de las que te puedas fiar, sin posibilidad de discernir si lo que nos llega está ya adulterado por intereses variados. Sin embargo, sigue habiendo periodistas con vocación de contar verdades, de contrastar fuentes, de tomarse su tiempo para investigar, de defender una cierta objetividad que les permita hacer bien su trabajo y conservarlo, que no es poco en estos días. Qué equilibrio tan complicado, más aún teniendo en cuenta que los medios de comunicación están como están, sostenidos en buena parte por los poderes a los que tendrían que fiscalizar porque Internet y su supuesta gratuidad están arrasándolo todo. 
En un mundo en el que se necesita más que nunca información veraz y comprometida, la desinformación reina y para conocer qué está pasando nos aferramos a lo viejo conocido, al medio que comparte nuestra alineación política, a los periodistas ‘de toda la vida’ que ya se han ganado su credibilidad y nuestro respeto. O a los que conocemos mejor, a los medios locales que prestan un servicio incalculable, y que nos cuentan lo que pasa a nuestro lado sin tratar de convencernos cada día y a cada hora a quién debemos votar. 
Imagino que muchos de ustedes, de vosotras y vosotras, como yo misma, habrán visto el documental del que todo el mundo habla: The social dilemma. No nos descubre nada que no supiéramos o intuyéramos ya, que nuestro supuesto libre albedrío está sometido al imperio de los algoritmos que nos dirigen cada día hacia qué debemos pensar, comprar o a quién debemos votar. Y sin embargo, es clarificador constatar cómo los ‘gurús’ de la tecnología que permitió el enorme avance que suponen las redes e Internet hoy se muestran asustados ante el enorme poder de lo que inicialmente se creó con otras intenciones y que se usa para, entre otros ‘loables’ fines, desestabilizar las democracias del mundo. Me gustó especialmente una de las reflexiones del documental: ¿qué persona de a pie puede defenderse de un batallón de ingenieros, expertos y enormes compañías tecnológicas que trabajan constantemente para buscar fórmulas que nos influyan a través de la red? 
Esta misma idea de una persona ante un enjambre de intereses económicos, informativos, políticos, tecnológicos, del ruido que nos rodea constantemente y que se mete en nuestra cabeza hasta provocarnos ansiedad tiene, a mi manera de verlo, un antídoto siquiera temporal, y es la toma tierra que nos proporciona el contacto con la naturaleza, el trabajo manual, las relaciones humanas, la vida de los pueblos, de las pequeñas ciudades, la desconexión. Es sintomático que visionarios como el filósofo Yuval Noah Harari y otros gurús de la tecnología vivan alejados de los teléfonos móviles, no dejan que sus hijos se acerquen a las redes, se alejan de las grandes ciudades en busca de ausencia de ruido. 
Es una reflexión que les dejo para el fin de semana.