CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


Mucho más que una moda pasajera

Ayer fue la destrucción de la capa de ozono, después vino el efecto invernadero, hoy las consecuencias del uso masivo del plástico, la demonización del diésel o la contaminación de los acuíferos por explotaciones de distinta índole. Las amenazas que se ciernen sobre el medio natural, sobre el planeta que habitamos y, por ende, sobre sus moradores, no dan tregua y avanzan con mayor rapidez que la anquilosada burocracia legislativa que impide velar por el cumplimiento de las normas o hace que sea menos gravoso pagar la multa en cuestión que atenerse a la ley. Con anunciar medidas y datos, en ocasiones extremadamente alarmistas, no es suficientes sino van acompañadas de acciones que preserven en condiciones el presente y futuro medioambiental de los territorios. Se precisa de unidad de acción internacional y pasar de las palabras a los hechos y no hacer del Día Mundial del Medio ambiente un oasis de concienciación en mitad de un desierto de despropósitos, desde administraciones con una visión cortoplacista a ciudadanos que piensan que nada va con ellos mientras aventuran exaltados el fin del mundo tal como lo conocemos o pregonan a los cuatro vientos que cualquier tiempo pasado fue mejor.
La excesiva exposición mediática acrecienta el riesgo de banalización de todo asunto y amenaza con restar importancia a lo que realmente lo tiene como es una atronadora batalla al plástico que copa titulares y golpes de efecto pasajeros como el boicot a los supermercados. Sin entrar en lo pernicioso de este material altamente contaminante y tan arraigado en el día a día, con lo que cambiar hábitos se hará complicado pero no imposible (torres altas van cayendo como la del tabaco), da la sensación de que nos movemos por oleadas informativas y globos sondas más que por acciones estratégicas que incluyan alternativas serias (somos muy dados a derrocar lo existente sin haber ideado ni pensado en el día después). Esta vez parece que va en serio y la Unión Europea ya trabaja para reducir considerablemente su aporte a los millones de toneladas de residuos plásticos que contaminan todo el planeta y que afecta en gran medida a la vida marina. A su vez, los fabricantes ya han tomado conciencia de que la lucha contra este material es imparable y el mensaje ha empezado a calar entre la población. Hay cierto mensaje apocalíptico en estos ‘días mundiales de…’ pero tampoco debemos pasar por alto realidades que nos debieran poner en alerta, como acostumbran a hacerlo líderes mundiales, tan influyentes como poco ejemplarizantes, de la talla de Donald Trump.
En todo componente global (a veces parece que los eslóganes no nos susurran al oído) hay un ingrediente local en el que somos decisivos y podemos demostrar que somos parte de un todo. En nuestro ámbito más cercano se pueden hacer cosas y también no hacerlas. Estos días nuestro querido Valonsadero se convierte en el centro neurálgico de las celebraciones sanjuaneras. Ser de Soria y presumir de los recursos naturales de capital y provincia es todo uno. Sin embargo, resulta sorprendente que nadie se lleve las manos a la cabeza cuando, por ejemplo, tras el desencajonamiento el monte queda convertido en un basurero y los asistentes hacen del medio natural su particular contenedor, mientras los contenedores instalados para tal fin quedan semivacíos (hay documentaos gráficos que lo atestigua). No es suficiente que una legión de voluntarios se ocupe posteriormente de su limpieza. Vivimos instalados en una serie de contradicciones que nos permiten en un abrir y cerrar de ojos defender a capa y espada el medio ambiente y al mismo tiempo atentar contra él sin cortapisas, cuando la ocasión lo requiere. En un sábado festivo en Valonsadero se puede apreciar cuan lejos estamos de desterrar el plástico, en este caso de usar y tirar, de nuestras vidas.
Más allá del plástico, que focaliza buena parte de la atención informativa, hay otros asuntos que preocupan en Soria y provincia. Sin criminalizar a las gentes del campo, existe una creciente inquietud por las aguas contaminadas a consecuencia de los nitratos de origen ganadero y agrícola. En Soria hay más de una veintena de pueblos afectados (el procurador del Común tuvo que actuar de oficio) y en el conjunto de Castilla y León la cifra se eleva a 700, según el mapa elaborado recientemente por Ecologistas en Acción. Es clave encontrar un equilibrio entre el progreso que precisan territorios como Soria, dependientes de la actividad ganadera y agrícola, y el respeto a la naturaleza porque sin lo segundo, a medio y largo plazo, no llegará el desarrollo deseado.
Suena hasta cursi, reiterativo y cargante afirmar que estamos en momentos vitales para nuestro futuro y el de los nuestros y que en la búsqueda del progreso hay encontrar un equilibrio que nos reconcilie con el entorno. Hay que exigir a las administraciones cierta congruencia entre el discurso y los hechos: no se puede apostar por el cuidado del medioambiente y frenar las renovables, o ir contracorriente cuando en todos los países del entorno hay una cruzada contra la contaminación del tráfico rodado en las ciudades y aquí se utiliza la polémica para arañar un puñado de votos en las urnas. Es terreno este también abonado a populismos cortoplacistas que mandan mensajes equivocados, como Díaz Ayuso, tal vez futura presidenta de la Comunidad de Madrid, y su oda a los atascos.
En lo que respecta a nuestra Soria más cercana, se han hecho avances, pero hay trabajo. Medioambiente no es solo acondicionar las márgenes del Duero sino también velar por la calidad de las aguas, es tratar de que aparquemos el coche, no sin antes proponer alternativas como un carril bici digno o potenciar el transporte público. O como hacemos mención en El Día de Soria, castigar en condiciones, ya sean particulares o empresas, a aquellos que utilizan el espacio que es de todos como su particular escombrera (les hemos propuesto varios ejemplos, pero seguro que ustedes tienen algunos más). Y, sobre todo, concienciar, implicar a la ciudadanía en el cuidado del medio natural y desterrar el «son dos días al año» para volver a convertir nuestro querido Valonsadero, perdonen que insista, en un mar de plástico.


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