"Si en Navidad se abre la mano, en enero va a ser un caos"

Ana I. Pérez
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Nacido en El Burgo de Osma, el médico traumatólogo ha ostentado distintos cargos y lleva más de cuatro décadas dedicado a la sanidad y a la investigación. Fue uno de los artífices de la Ley General de Sanidad, una norma «revolucionaria»

"Si en Navidad se abre la mano, en enero va a ser un caos"

La Ley General de Sanidad cumplirá el próximo mes de marzo 35 años. El ministro de Sanidad y Consumo en 1986 era Ernest Lluch, asesinado por ETA en noviembre de 2000. Esa ley fue la que universalizó la asistencia sanitaria en España y sentó las bases del actual Sistema Nacional de Salud, tan valorado y tan cuestionado, casi a partes iguales, en el año de la COVID-19. Un burgense, el traumatólogo Carlos Hernández Gil participó en la elaboración de esta ley, que contó nada menos que con 14 borradores hasta que salió adelante. Posteriormente, el doctor Hernández Gil fue presidente de la Asamblea Nacional de Salud de la OMS y también estuvo al frente de la Comisión Asuntos Sociales y Salud del Consejo de Europa. Durante sus más de 40 años de experiencia, ha ejercido en los hospitales Raymond Poincaré (París) y en los hospitales Doce de Octubre y La Paz (Madrid), así como en la sanidad privada. El traumatólogo conoce bien la sanidad pública, tanto desde los cargos de responsabilidad que ostentó en los años ochenta como en el ejercicio de su profesión. Una extensa carrera que no le ha impedido mantener el vínculo con su pueblo natal, El Burgo de Osma. «Voy con frecuencia. Es importante no perder la raíz, para que no se nos olvide lo que somos y perdamos la perspectiva. Allí me encuentro muy a gusto», confiesa. 
La Ley General de Sanidad está a punto de cumplir 35 años, en la cuya redacción y elaboración participó como subsecretario del Ministerio de Sanidad. ¿Qué supuso esta ley?
Es una ley de 1986 que ha dado de sí bastante, basada en unos principios fundamentales. El primero de ellos, la equidad, que es lo más importante que podemos tener en relación a un sistema como es la sanidad. Pero el segundo aspecto es que se ha confundido la salud con la sanidad. Nosotros introdujimos en aquel momento las áreas de salud, la prevención de la enfermedad y promoción de la salud en Atención Primaria, un concepto integral de lo que es la salud, que no es solo estar enfermo o sano, es también tratar el medio ambiente, la alimentación, las aguas... todo el concepto que hoy se ha vuelto a poner de moda relativo a la salud. Hicimos una integración de redes asistenciales para que hubiera una red única. Fue una ley revolucionaria.
¿Qué dificultades encontraron?
Cuando la redactamos y aprobamos, cuando el Tribunal Constitucional no las echó abajo la LOAPA [Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico] por un problema de coordinación de competencias, ya entonces, en 1986, vimos que teníamos dos problemas básicos: la coordinación de los sistemas y la financiación del Sistema Nacional de Salud. Teníamos dificultades para coordinar las actividades relacionadas con la salud, no con la prestación de la asistencia sanitaria, y eso es lo que se ha confundido a lo largo del tiempo. Creo que las autonomías ha sido uno de los mejores aciertos de la sociedad española, así como el proceso de coordinación para que todos los pacientes de España, vivieran donde vivieran, tuvieran un acceso mínimo al Sistema Sanitario de Salud. Y con la financiación, como no era para el concepto sanitario, cada comunidad autónoma ha hecho lo que le ha parecido bien. Esos sistemas de coordinación es lo que nos ha fallado, sinceramente.
¿Han fallado y se ha puesto aún más en evidencia en esta pandemia?
Claro. Somos una sociedad inmediata, cada vez más individualista, hemos perdido el respeto a la sanidad y a la educación. Madrid es la comunidad autónoma que menos dinero per cápita gasta de España, está en el 3,6% del PIB, cuando estaba en el 7%. Hemos enfocado el sistema, que es lo más grave, desde la prestación sanitaria al proceso de salud. En la prestación sanitaria cabe todo. Yo estoy a favor de la sanidad privada, me parece muy buena si se hace bien, pero nunca debe ser una cortapisa a lo que es un sistema público de salud con unos recursos apropiados en relación con el PIB y con las necesidades sociales.
España fue el tercer país más eficiente en los años ochenta y noventa, es decir, los indicadores de morti-morbilidad en relación con el gasto eran los más eficientes.
¿Hemos perdido eficiencia con las distintas formas de entender la sanidad pública?
Exacto, se ha roto totalmente. Pero por un problema conceptual y también de neoliberalismo. No puede ser que se mueran 40.000 personas de hambre a diario, no puede ser que el 1% de la población tenga el 16% de la riqueza. Son cuestiones que, para todo el mundo, los que piensan de una manera y de otra, son insostenibles.
Incidía en las autonomías y se ve que no es lo mismo afrontar esta pandemia en Madrid o en Castilla y León, por ejemplo.  ¿Cree que en lugar de tanto ruido político es el momento de reconducir esa equidad?
Es que ya no es un tema político, es de eficacia y de eficiencia, fundamentalmente de equidad, de justicia social. Nos tiene que hacernos pensar a todos. Tenemos que bajar la crispación, no hacer política con la salud, ni con la educación. Si hacemos política con la salud, pierde la política y pierde la salud.
Tenemos que hacerlo de una manera tranquila, sosegada, dirigidos por técnicos, por expertos, también con su cariz político, faltaría más, pero la política lo que hace es priorizar, no conceptualizar. No es lo mismo que yo quiera abrir un hospital en lugar de un centro de salud, por decir algo, que concretar que necesitamos que haya un médico por cada 1.000 habitantes, 100 UCIs por millón de habitantes, etcétera. Es decir, hay entrar con ítems que sean rigurosos, que estén perfectamente definidos para que este país tenga esa pequeña infraestructura. Luego el que tenga más que haga lo que quiera, pero lo que es imprescindible lo deberíamos tener todos por igual. Tenemos que ser capaces de entender lo que es planificación, y esto se hace con un sistema poderoso y robusto, tanto nacional como europeo. 
Redactó la Ley General de Sanidad en un momento político complicado, la democracia apenas había cumplido una década. Y salió adelante, mientras parece que ahora es imposible alcanzar un acuerdo, incluso en plena pandemia...
Fue extremadamente complicado, no solo por los problemas políticos, Alianza Popular votó en contra de la ley, sino que había intereses de los propios responsables sanitarios. A mí me pusieron cuatro querellas criminales porque había gente que estaba trabajando en siete escenarios sanitarios distintos, es decir, tenían siete plazas. Lo llamábamos ‘la plaza de la chaqueta’ porque uno se compraba siete chaquetas, las dejaba colgadas en el perchero, el ‘doctor fulanito’ estaba por allí porque tenía colgada la chaqueta... Al ordenar todas las redes, al unificarlas, tenían que dejar algún puesto de trabajo. Eran unos momentos complicados, había habido un golpe de Estado en 1981, y a base de paciencia, tolerancia, hablar, hablar y hablar, logramos hacer una ley que hoy sigue siendo válida, que fue modélica en el mundo. La Ley General de Sanidad fue un éxito, no de Ernest Lluch o mío, ni del PSOE, sino de la sociedad española. Eso es lo que tenemos que recomponer, ver lo que es fundamental para evitar la crispación.
Fue presidente de la Asamblea Mundial de la  Salud. ¿Cómo recuerda aquella experiencia?
Para mí fue enormemente enriquecedora. Siempre de los sitios he aprendido más de lo que yo he sido capaz de dar y lo digo sin modestia. Antes de esto formamos un grupo en la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Copenhague que lo llamamos ‘38 Objetivos de Salud para el año 2000’. Hoy esos 38 objetivos siguen siendo más válidos que entonces: salud medioambiental, alimentación, centros de salud no solo con médicos, también con veterinarios y farmacéuticos, regular las aguas... Había otra parte sobre los procedimientos, como las resonancias, o nuevos procesos biológicos e inmunológicos para tener acceso al tratamiento del cáncer... Un gobierno debería ofrecer a todos los pacientes el mismo tipo de tratamientos. En la OMS, a parte de aprender mucho, tratamos la planificación de recursos o el diagnóstico por comarcas (Encuesta Nacional de Salud) para saber qué patologías prevalecen y especializar a algún grupo en las mismas. El tratamiento territorial, como puede ser el caso de Castilla y León o el de Soria, concretamente, tiene que tener un mínimo de médicos y de atención sanitaria. Esto se puede y se debe hacer. No es tan difícil. Ya decíamos en 1988 que había que hacer tratamientos diferenciados al personal sanitario: si, por ejemplo, el médico está en Soria, pues en vez de los trienios cada tres años, cada dos y medio, o en vez tener un sueldo tal, pues otro, o la capacidad de desarrollar conocimientos sabiendo lo que Soria necesita, no solo en cantidad de médicos. Y, por supuesto, teníamos muy presente una atención especial a los más vulnerables. Debería haber pagado yo por la experiencia que tuve en la Asamblea Mundial de la Salud, por esa oportunidad que me dieron Ernest Lluch y el PSOE.
Habla, a modo de ejemplo, de la situación de Soria. En la primera ola de la pandemia  se le vieron las costuras a la sanidad soriana. Menciona medidas, como puede ser incentivar al personal sanitario.  ¿Qué más se puede hacer?
Hay que reconocer los problemas. Cuando uno quiere hacer algo tiene que conocer, primero, el asunto, y si no se quiere saber, evidentemente el problema no tiene solución. Ahora mismo hay tecnología suficiente y barata para atender a los pueblos de 70 habitantes, centralizando los sistemas. Posibilidades existen e incentivar al personal sanitario para que vaya, también. De esto se trata. Con el 4G, ya no digo con el 5G, se puede tener controlada a toda la provincia. Lo que no puede ser es que no haya un pediatra, un neurólogo o un ginecólogo. Y no puede ser que en esta década 16.000 médicos se han ido fuera de España porque los contratos son fatales y los salarios son como son, con perdón, para una persona que se dedica a formarse once años. Tenemos un problema más grave, a medio-largo plazo, que es el que más me preocupa ahora, y es que la medicina y la enfermería dejen de ser prioritarias en el acceso de los estudiantes. Si no tienen un porvenir, si saben que van a tener contratos de poco tiempo, sueldos escasos... no van a acceder. Esto puede tener una incidencia en lo que serán la sanidad y la salud en los próximos 15 o 20 años.
No solo hay que poner más MIR, que también, sino hacer un contrato básico y fundamental. Tiene que haber un estímulo, la gente tiene que acceder por mérito y capacidad, no por estar años arrastrándose. Repito: hemos perdido el respeto a la sanidad como sociedad.
¿Qué opinión tiene de la gestión del Gobierno central y de las comunidades autónomas en la pandemia?
Todo es mejorable. Al principio no estábamos preparados de ninguna manera, excepto los alemanes, que casualmente habían hecho una simulación dos años antes de un problema parecido a este. Un amigo me contaba: preguntaron en Madrid por los almacenes y contestaron que en Madrid no había almacenes. Es un ejemplo. Con este aprendizaje que ya tenemos es más importante lo que no hemos sido capaces de prever desde mayo y junio. La sociedad no tuvo información suficiente para decir: atención con lo qué puede pasar... como nos puede pasar en las próximas navidades.  Hay un problema de prevención, preparación y sensatez. Los ciudadanos no tienen una información real, pero también es verdad que no ha habido rastreadores, ni Atención Primaria, nada... No es cuestión de decir bien o mal, todo es mejorable. Esto nos debe enseñar y hacer protocolo, obligar a todos a tener una única opción. Para ello, los políticos no se pueden levantar de la mesa hasta que lleguen a un acuerdo. Es elemental.
¿Qué errores se han cometido?
Errores de bulto, para mí más ahora en esta segunda ola. Los acuerdos tienen que ser desde el punto de vista técnico y científico, aquí no entra lo que creo o pienso. Las reglas son claras, válidas nacional e internacionalmente. Como en Navidad se abra la mano, en enero va a ser un caos. A la población hay que trasladarle unos ítems muy claros: ¡Cuidado!, no llenemos las UCI en enero y febrero.
¿Se crean falsas expectativas con los anuncios de las distintas vacunas?
Todos deberíamos ser mucho más cautos. Hablamos de una vacuna (Pfizer) con un ARN mensajero, un corte intermedio, de 96 pacientes que no está estratificado, no sabemos a qué edades van bien, el neurotrofismo que este virus tiene... sabemos muy poco y tenemos que ser muy humildes. Esto puede ser el principio de una larga, muy larga, carrera. También hay un medicamento de Lilly que tiene cierta aceptación, pero estamos en pañales, en el principio del principio, tenemos que ser extremadamente cautos y cautelosos, no perder ni el discurso ni la referencia.
Volvemos a esa prevención que refleja la Ley General de Sanidad...
Claro, porque la economía no la podemos abandonar, hay que saber convivir. Poner el contador a cero de la transmisión va a ser imposible, pero hay que tenerlo controlado. Si tenemos la suerte de ponerlo muy bajo, en 25 por cada 100.000 habitantes, luego después podremos rastrear los nuevos contagios. Hay que trabajar con toda la precaución, hacer todo lo posible, pero no podemos parar este país una vez más. Ahora ya sabemos de qué va esto.