LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


La noche de la izquierda

Se llevaron las manos a la cabeza, como si de un grave sacrilegio se tratara, algunos de los que acudieron a la conferencia del famoso periodista comunista, corresponsal en China o Nueva York, cuando explicaba sus análisis. Otros lo aplaudían casi más que con pasión, con insidia feroz, pues revela los males de nuestro tiempo con agudeza trágica. Federico Rampini acababa de publicarlo en La notte della sinistra. 
¿Cuál es la causa de que tantos obreros abandonen los partidos de izquierda, sea en Europa o en América? Dice en uno de sus lúcidos capítulos, entrevistando a Fukuyama, que los partidos de izquierda han dejado a un lado los modelos generales para concentrarse en los pequeños grupos marginales. En unos tiempos en donde es difícil distinguir la política germana de Schroeder o Merkel, donde izquierda o derecha no solo se dan la mano sino que parecen usar el mismo guante en tantos lugares, los problemas generales de una sociedad del bienestar que se está desmantelando provocan intenso malestar. 
La desconfianza en las formaciones tradicionales ha ido aumentando a medida que se veían incapacitados para cambiar una tendencia que ya es, por desgracia, internacional. Las grandes fortunas siguen creciendo de manera vertiginosa, en manos de Amazon, Facebook, Google, Apple o Microsoft..., mientras la clase media se desploma, los obreros tradicionales se ven abandonados en un rincón del paro, con las fábricas trasladadas al lejano oriente, mientras nuevos empleados, casi esclavos, de grandes sistemas comerciales en cadenas inmensas de alimentación o servicios, trabajan sin descanso por un ridículo pedazo del merecido salario. 
Además, decía Fukuyama, la inmigración se ha convertido en el tema central de la política nacional, sea en EEUU o en Italia; pero empieza también a serlo en España. De ahí que el análisis de Rampini sea hiriente como lo es en la noche el relámpago que muestra los daños causados por la tormenta, pues sufren los ojos de ver tanto alboroto. 
Y es que si bien todos los que tenemos un corazón gobernado por la bondad vemos que hay que ayudar a los menesterosos, también hay que hacerlo con cabeza. No se trata de dejar entrar a miles de africanos para que luego moren por las calles sin techo y sin trabajo... Los obreros, además, ven en ellos una competencia tremenda pues se someten a cualquier condición laboral, a bajo coste (¡tanto mejor para los empresarios!). 
La normativa europea con el ya arcaico y rancio reglamento de Dublín ha de cambiar de una vez. Quienes hablan de abrir las puertas no conviven con ellos ni en su casa ni en sus barrios, tampoco el Papa los aloja en el Vaticano. Dejar llegar esas naves cargadas de pobres miserables es error grave; mejor evitar que salgan del puerto donde les extorsionan o devolverlos allí, porque entonces, todos venir quieren y estamos desbordados.


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