LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Capricornio uno

Hace ya tiempo escribí que Europa no debería observar el norte de África desde una perspectiva complaciente porque los retos del continente son enormes. En concreto, me preocupaba la salud del presidente de Argelia Abdelaziz Buteflika con sus hermosos 82 años. Con la ayuda del ejército, ha dotado al país de una calma tensa con las que el resto de naciones limítrofes hubiesen soñado, pero no ha impulsado ninguna reforma o cambio político que pudiera satisfacer a una población joven e inquieta. Visto los resultados en otros lares, se entiende que las instituciones sean prudentes porque la línea entre la libertad y la anarquía es más fina de lo que pensamos.
La dependencia energética de Europa y el desastre de Libia explica la pasividad de la UE pues preferimos que sean otros los que se equivoquen. Desgraciadamente, una ausencia de estrategia no es una actitud responsable y no va a facilitar que el problema se solucione. Este escenario se complica con la fuerte inmigración magrebí en Europa, ya que dichos ciudadanos pueden tener una relación contradictoria entre la libertad que disfrutan en el continente y los límites existentes en los países de origen. Esta tensión aumentará a medida los gobiernos se vean forzados a posicionarse.
Lo prudente sería reducir la dependencia energética, incrementar los gastos de defensa por si llegan al poder líderes hostiles a Europa y establecer unas prioridades de seguridad. La política exterior es especialmente dura porque el pragmatismo no es una forma elegante de cinismo. Cuando entramos en el terreno de las relaciones exteriores, las buenas intenciones o la debilidad no son un activo. Los países fuertes despliegan unas estrategias definidas para evitar que otros se equivoquen o para defender su margen de libertad.
La ignorancia sobre otros pueblos, culturas, lenguas o religiones nos lleva a suponer que nuestras innatas soluciones son exportables a otros territorios. La historia reciente demuestra que esa presunción llevó al desastre a Libia y el brutal realismo ruso nos recuerda que la fuerza ha sido eficaz en Siria. Durante los últimos cuarenta años, Estados Unidos ha aceptado la responsabilidad de garantizar la paz con su poderío militar. El pueblo americano se ha cansado de su asumir un papel ingrato y de ser permanentemente criticado. 
Europa ha disfrutado insultando irresponsablemente a su protector durante años y se equivoca ahora al despreciar sus obligaciones de defensa. Son errores que se pagan carísimo. Rusia y China no dudan en anteponer sus intereses.


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