LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


La casa abandonada

El retorno al pueblo hallaba cada vez más destrozo en su entorno, sobre todo en las viejas edificaciones, y la casa que tenía goteras ahora mostraba reventados techos, caídas tejas, como tristes banderas del abandono. Cada año eran más los caserones y algunos buenos y bellos y hasta de alta calidad artística los que se iban perdiendo, muchas veces por litigios entre herederos. Nadie cambiaba las leyes y, mientras, se peleaban en los parlamentos con alianzas y traiciones llevando el poder por otros derroteros. Nos quejamos de los males de la despoblación pero nadie mueve todavía un dedo, aunque las palabras ya han aparecido señalando el maleficio de nuevo. Parecería fácil el arreglo con pocos cambios. La animación positiva cuesta dineros, los que no tenemos, es decir, dar subvenciones a quienes se asienten en ciertas posesiones, a las ventas de inmuebles, a la compra de estos, como hacen en Italia por un euro con tal de evitar que las casas se caigan y el vacío inunde los campos de nuevo. La incentivación negativa viene por impuestos que darían dineros a regiones y ayuntamientos: edificio que amenaza goteras se multa y aumenta la cuantía según el desastre amenaza a porfía. Impuestos municipales y regionales o autonómicos a las casas deshabitadas que aumenten al cabo de tres años sin uso (de agua, de electricidad, etc) de modo que no compense mantener una propiedad que «nadie necesita». Tercero: expropiación de bienes en que sobrinos o similares herederos, pasados siete años, no se ponen de acuerdo, o bien sacarlos a subasta obligada lo más presto, antes de sean hundidos por el próximo aguacero. 
Basta pasear ciertas comarcas ibéricas para ver cada vez más edificios de goteras llenos. Hundidos a nadie sirven y hay muchos jóvenes sin trabajo ni estudios que necesitan un puesto, ¡qué mejor que enviarles a nuestros campos a repoblarlos de nuevo! Pero nadie hace nada y nadamos ahogándonos en el desasosiego, mientras las ciudades se llenan sin puestos para muchachos apuestos. Cambios de normas en el juego, la propiedad no es solo un conjunto de deseos ni algo tan sagrado como la vida que muchos necesitan en paisajes rurales y bellos. Desolador es pretender que vayan a habitar una aldea que parece bombardeada por la desidia de los años, por el abandono de los gobiernos: centrales, autonómicos, regionales y locales. Muchos hay que no tienen donde caerse muertos, ni donde preparar la semilla de los hijos que ha de sustentar el edificio hispánico que nos cobija, cuidar de las pensiones y otros peligros que por el horizonte amenazan ruina. También la desidia deja los graves asuntos del estado en el limbo, como ratas y arácnidos se pelean por un puesto en los imaginados gobiernos. Pero el tiempo llueve inexorable con fuego o hielo, con tormentas demoledoras si no preparamos bien nuestros techos.


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