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Jesús de Lózar

Jesús de Lózar


Jueves

16/10/2021

Viernes, comienzo del fin de semana. Sábado, salida de excursión. Domingo, tarde de cine. El resto de los días eran todos iguales. Hasta que llegué a Soria y descubrí los jueves, el día más importante de la semana, y no porque siempre esté en el medio. Jueves en Soria y lunes en mi pueblo. Día de mercado. Todos los lunes íbamos a comer a casa de los abuelos. Tienda de zapatos en la plaza que bullía con todo tipo de puestos. La comarca se daba cita ese día. Mi madre abría la tienda para vender madejas y ovillos de lana, algunas veces el único sustento de la familia.  Cuando empecé trabajar en la Cámara de Comercio, difundía entre las tiendas del Collado unos folletos sobre calles comerciales peatonales y la tarjeta de crédito. Han pasado los años y la peatonalización es un hecho, obligado, después de muchos avatares, colocar, levantar y volver a colocar baldosas. Y parece que el uso de la tarjeta de crédito, con la pandemia,  también.
Todos los jueves hacía lo que constituía para mí una obligación:  encontrarme con la realidad viva y directa del comercio, con sus protagonistas, los comerciantes, que eran los destinatarios de la actuación cameral. Visitaba las dos plantas del Mercado de Abastos, un edificio que guardaba la armonía del entorno. Empezaba por la de arriba, donde estaban los negocios de casquería y alguna carnicería,  continuaba con la de abajo y los puestos de fuera. Congenié con Manolo el de la Rumba, no se llamaba Manolo sino Pablo Lorenzo Rubio, un hortelano sentencioso ejemplo de frugalidad. No probaba la carne y al que de no encontrarlo en su puesto, estaría chamullando en Casa Félix. Además de los márgenes comerciales obligatorios por ley, en aquella época el problema en primer plano para mí no el fundamental era la venta ambulante. El mercadillo, ubicado desde hacía tiempo en Bernardo Robles, se llevó a la avenida de los Duques de Soria, antes de la Victoria, a Santa Luisa de Marillac, hasta a Los Pajaritos, casi en el extrarradio. Cuanto más lejos, mejor. Y si se hubiera prohibido, mejor todavía. Y viva la competencia.
Los jueves venían y vienen los de los pueblos para las compras, los tratos, las gestiones, ir al médico, comer en un restaurante con los propios. Se juntan por bares. Algunos ya han desaparecido: en el Regio y en el Alcázar los de Pinares, en el Kansas los de El Valle, en el Torcuato los del Campo de Gómara. Así podías encontrar a alguien con el que regresar al pueblo, sin cita previa. Yo era asesor del Gremio de Carniceros Charcuteros y solía quedar con su presidente donde se debe quedar, que es en los bares, qué lugares. Con una conversación muy fluida, se manejaba muy bien con el codo porque empezábamos a la entrada del bar del Casino y acabábamos paso a paso al final de la barra. Y café torero. Entre medias algo que no se me olvida. Uno de jueves va a pagar y dice: cóbrame para que vuelva. Déjame tan satisfecho que pueda volver a tu tienda. Y déjame suficiente dinero para que pueda volver a mi pueblo. Perfecto ejemplo del equilibrio del mercado.
Hace un tiempo reparé en una placa que hay en el soportal de la Audiencia: «Esta ciudad tiene por merced de los Reyes Católicos desde el año 1475 mercado franco los días de jueve»". Lo entendí todo. Antes, las calles peatonales comerciales y la tarjeta de crédito. Ahora, la digitalización y el comercio electrónico. La compra en la tienda tradicional, la del barrio y la del centro. Imprescindible si queremos mantener la vida de las ciudades. El comercio. El mercado. Los jueves.