DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Banderas

España seguramente es uno de los pocos países que hay en el mundo, si es que hay alguno, en el que una parte importante de los ciudadanos se avergüenzan de su bandera. O dicho de otra forma, existe un recelo abrumador a identificarse con el símbolo nacional por miedo a ser tachado de nostálgico de la dictadura franquista. O simplemente de derechas.
Hace 40 años se aprobaba la Constitución española y una nueva enseña nacional. Los españoles votaron masivamente a favor de la Carta Magna, pero persistió la prevención contra un símbolo al que se dotó de más referencias al pasado que de atributos de futuro. Incluso la palabra España en determinados ámbitos estaba mal vista, se utilizaba con rubor o simplemente se soslayaba con eufemismos tipo ‘país’. Los periodistas, sobre todo. La brecha se fue ampliando. La derecha se apropió de la enseña y la izquierda cometió la torpeza de autoexcluirse en un viaje de difícil retorno.
Han sido los ciudadanos de a pie y no los políticos los que en los últimos años han acortado esa distancia, si bien a través de subterfugios que dejaran muy claro que tal alarde no debería ser confundido con significación ideológica sino con la ostentación de una identidad aglutinadora: el fútbol.
El Mundial de Fútbol fue la excusa perfecta para que masivamente los españoles manifestaran su orgullo de serlo con un símbolo que es de todos y que algunos estaban empeñados en secuestrar en beneficio propio, partidista. Por eso es gratificante, más allá de la lectura que cada uno quiera hacer de la evidente estrategia electoral, que Pedro Sánchez haya presentado ante los españoles el Programa electoral socialista en un escenario con la bandera de España como decorado predominante. Es cierto que el complejo aún persiste, como lo demuestra el hecho de colocar a sus espaldas el mismo número de banderas de España que de la Unión Europea, pero no deja de ser importante el gesto en un proceso necesario de normalización. Un mensaje, sin duda, también dirigido a Cataluña, porque igualmente recoge el sentimiento ampliamente mayoritario, sino unánime, de los españoles. Nada hay que genere más cohesión que la identificación del adversario común. Quedémonos con el lado positivo.