LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Sudoku electoral

Desapercibida, semioculta, cubierta por la tierra y el paso del tiempo, la clave para descifrar el jeroglífico está bajo sus pies. Tras semanas de búsqueda infatigable en el Valle de los Reyes y sin apenas resultados, en un golpe de suerte, Howard Carter se topa con lo que parecía ser un escalón tallado en la misma roca. Apenas duda. Su increíble olfato y sus excelsos conocimientos de la civilización egipcia le empujan a pensar que el hallazgo se corresponde con el acceso a una tumba real. El tesoro con el que lleva soñando tantos años está más cerca que nunca. 
Las labores para desenterrar la escalinata se intensifican. Tras el primer peldaño viene otro, al que sigue uno más y así hasta el duodécimo, que deja entrever lo que parece la parte superior de la puerta de una cámara mortuoria. Mientras su equipo prosigue la excavación con sumo cuidado hasta llegar al número 16, despejando completamente la entrada y sacando a la luz varios sellos, el británico envía un telegrama a su mecenas -Lord Carnavon- en el que da detalles del «maravilloso» hallazgo y le invita a viajar hasta Luxor. 
Carter no puede esperar. Sus manos expertas tratan de desempolvar los enigmáticos símbolos del acceso para poder proceder a su apertura. La tarea es complicada, pero, tras un minucioso examen en el que descubre los relieves del sello real, del chacal y de varias figuras de esclavos, consigue desvelar el nombre del morador de la cripta: el faraón Tutankamon. Sin embargo, algo no cuadra. El egiptólogo no tarda en percatarse de que alguien ha manipulado antes la cerradura y que, después de profanar la tumba, la ha vuelto a bloquear. El grupo de arqueólogos continúa con los trabajos, que duran horas hasta desplazar la enorme puerta y despejar un camino hacia las profundidades que conduce hasta otra entrada, que, de nuevo, está herméticamente sellada.
El inglés observa con detenimiento y, tras instantes de duda, mueve una especie de fichas de piedra con diferentes grabados que va colocando de forma aleatoria, hasta que, voilà, pone en marcha un mecanismo de apertura y, al acercar la luz de su vela, de la sala emergen las sombras de las figuras y el brillo deslumbrante de la gran cantidad de oro que allí permanecía escondido.
El sudoku que resolvió Howard Carter para acceder a la tumba de Tutankamon podría tener la misma dificultad que los pactos que se han llevado a cabo en los últimos años en España para tratar de investir a un presidente del Gobierno o para aprobar los Presupuestos.
En apenas un mes, el próximo 28 de abril, la ciudadanía volverá a acudir a las urnas, las terceras generales en cuatro años, con una mezcla de hartazgo y desilusión, derivada de la crispación que existe entre los partidos y de la escasa atracción que tiene una clase política, cada vez más polarizada y centrada en sus propios intereses, gobernando para una sola parte de la población, dejando sin voz a aquellos que no comulgan con sus ideas. El hastío es generalizado en una sociedad que ha pasado en unas décadas de ir a votar con ilusión a dejarse llevar por los mensajes cargados de miedo y falsas promesas.
Pero hay algo más que inquieta a la gente. El sistema electoral español, basado en la Ley Orgánica, aprobada en el año 1985 y modificada en 2011, y condicionado por la proporcionalidad del sistema D’Hondt, cada día tiene más críticos. No parece normal que los votos de los ciudadanos no valgan lo mismo en un territorio que en otro y que, sin embargo, haya formaciones, sobre todo nacionalistas, que se presentan en muy pocas circunscripciones y logran más escaños que otras que lo hacen en toda la geografía nacional y obtienen un resultado global que triplica o cuadriplica al que han registrado los primeros. Un ejemplo: PACMA contó en las últimas generales prácticamente con los mismos respaldos que el PNV -cerca de 285.000 votos- pero no consiguió representación mientras que los Jeltzales tuvieron cinco diputados.
Los dos grandes partidos y los nacionalistas han sido los grandes beneficiados en las últimas décadas de un sistema electoral que ha fomentado el bipartidismo desde sus inicios y que, con la irrupción de nuevas formaciones, se ha quedado obsoleto.
El habitáculo al que ha accedido Carter, aunque está repleto de riquezas, no guarda ninguna tumba. Pronto, el egiptólogo descubre un jeroglífico que le lleva hasta otra puerta secreta con pestillos de marfil. Detrás, aparece, por fin, deslumbrante, el sarcófago de Tutankamon. 
Pese al cansancio generalizado y al sistema electoral, los ciudadanos tienen una cita crucial con las urnas. El voto es el aval para que cobre fuerza su voz y facilite la formación de Gobierno, tarea tan ardua como la de llegar hasta la tumba de un faraón.