APUNTES

Pedro Calvo Hernando

Escritor y periodista


Avisadme llegada

Es bastante inexplicable esta marcha atrás que experimenta la política española en los últimos años, en comparación con lo que sucedía durante décadas a partir de la transición. Lo último ya sobrepasa todos los posibles cálculos. El desenlace de repetir las elecciones generales el 10 de noviembre es algo impresentable. Lo de en cuatro años cuatro elecciones no hay por dónde cogerlo y cuanto más pretenden explicarlo, todavía lo lían mucho más. El prestigio de la clase política española ha ido cayendo en picado y ahora está en su peor momento. La historieta de Iñigo Errejón no arregla nada sino que aumenta más el estropicio. Nadie se salva, nadie se libra y caen en el ridículo quienes pretenden cargar las culpas a los demás cuando tales culpas aparecen distribuidas prácticamente por igual. 
  Pedro Sánchez aparece entre los líderes principales como el más convencido de que va a gobernar y además como el más convencido de que se lo merece más que nadie. A los demás líderes les sucede algo parecido pero lo expresan de otras maneras, que llegan de modo distinto a las gentes, pero formando parte de la misma historieta. Estoy convencido de que Sánchez era otra cosa mejor, como tengo escrito a menudo en el inmediato pasado. 
  Pablo Casado ha mejorado su talante y de eso cualquiera se percata y se ha tornado bastante más cercano que antes al gran núcleo del electorado. Pero no parece convencido de que tiene que cambiar su manera de explicar sus convicciones. Por ejemplo, le concede muy poca importancia al hecho de ser el líder del partido más cargado de una historia de corrupción. ¿Será que no se da cuenta de que la moción de censura que fulminó a Rajoy se debió precisamente a esa carga corrupta? 
  Albert Rivera es el líder más volátil, con gran diferencia y sería imposible relatar esa volatilidad sin tener que escribir una novela o un tratado. Es el personaje que más prestigio ha ido perdiendo y a eso se han debido, por ejemplo, las importantes fugas que ha sufrido en su partido. Ha resultado ser el que menos confianza inspira, debido a sus errores expresivos y a sus contradicciones de comportamiento, que se traslucen incluso en sus manifestaciones gestuales. 
  Pablo Iglesias también ha perdido prestigio por el camino, pero en cantidades mucho más moderadas, y es un líder que proyecta un importante foco de sabiduría política, completada por alguna virtud que lo sitúa como en otro hemisferio. Eso le puede permitir mejor que a otros una recuperación de prestigio, aunque sea sin llegar a lo que fue al comienzo de su andadura. 
  De aquí al 10 de noviembre la clase política, sobre todo sus primeros espadas, estaría obligada a cambiar su torpe comportamiento, si es que desea recuperar bazas y prestigios perdidos o debilitados. Y también capacidad de conexión con los electores, al menos para evitar que pueda producirse alguna catástrofe de fugas en las urnas que pudieran resultar de alguna manera insoportables. Este riesgo es difícil de vaticinar y de evitar si  pasa a formar parte de las convicciones colectivas. El plazo de aquí a la fecha electoral es muy largo o muy corto, según se lo mire o según la trascendencia que al final demos al tiempo. 
  Lo que creo obligado decir, al menos por mi parte, es una palabra sobre la necesidad de cambiar el diapasón en estas semanas que faltan, por lo menos para no tener que sentir luego la vergüenza de no haber sido capaces de corregir el peligro de que al final las cosas se desarrollen con arreglo a los temores acumulados durante meses y tal vez durante años. Que nos sirva de algo un período corto que nos resta y el recuerdo del período largo que terminó con la convocatoria para el mes de noviembre.