DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Sonría, o no

Un estudio de marketing digital revela que los partidos políticos también mantienen diferencias de estrategia en la utilización de la sonrisa. La consultora Novicelli ha analizado más de ocho mil imágenes suministradas por las páginas webs de los ocho principales partidos con representación parlamentaria y ha concluido, entre otras apreciaciones, que Ciudadanos es el que más caras sonrientes expone, dos de cada tres, mientras que Vox tiene un perfil más adusto. Sus líderes solo sonríen en una de cada cuatro fotos. Tal vez hayan leído aquello que decía la Madre Teresa, que «la paz comienza con una sonrisa», camino equivocado para quienes piensan que su éxito depende de la bronca. Los neurólogos afirman que las personas que no sonríen son percibidas como amenazantes y poderosas, útil para individuos encantados de sí mismos que quieren mantener la distancia y la imagen de un estatus superior.
Claro que tampoco la sonrisa en un político provoca necesariamente empatía con el resto de los ciudadanos. La satisfacción o placer que provoca la sonrisa de un bebe es muy alto, elevado si es un familiar y bajo si quien nos sonríe es un político. En algunos casos hasta puede resultar contraproducente. Existe el riesgo de transmitir frivolidad si el asunto del que habla es considerado grave por quien le escucha. Generalmente la gente oye al político con un juicio previo sobre el mensaje que comunica, un prejuicio, y consecuentemente su sonrisa puede suscitar adhesión en la misma forma que rechazo.
La sonrisa es un mecanismo innato del ser humano que desgraciadamente se pierde con el tiempo. Dicen los expertos que los niños sonríen unas 400 veces al día (también los fetos) y tan solo 20 veces lo hacen dos de cada tres adultos. Hay un tercio que ni eso. Afirman que incluso la sonrisa forzada tiene efectos positivos sobre la persona que sonríe. Al mover deliberadamente los músculos de la sonrisa, éstos también transmiten al cerebro un efecto placentero. Ya dijo Darwin que simular una emoción puede provocarla. Pero si la sonrisa es sincera, mejor. También en la política.