TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


122 cm

Un metro y veintidós centímetros de ancho: un callejón estrecho por el que no transitar por la noche, una pequeña acera por la que pasean dos enamorados en un solo cuerpo, un camino por el que pasaría un toro sin rozarse los pitones, una Harley Davidson o un luchador de sumo. Pues bien, en esos 122 centímetros, el ancho de una pista de atletismo, por lo visto Omar McLeod no cabe.

Vallista jamaicano con clara propensión a la ilegalidad, si hiciese los 110 metros en una autopista de tres carriles iría rozando el quitamiedos derecho. En este país lo hemos redescubierto esta semana, porque Orlando Ortega fue el perjudicado por su incompetencia: corriendo por la cuatro pero pasando constantemente el brazo por la vertical de la cinco, tropezando en la penúltima valla, cayendo y entorpeciendo la marcha hacia una medalla de plata. Al español le dieron el bronce (compartido) en la segunda reclamación de la Federación Española de Atletismo, pero es un consuelo menor porque a) los deportistas quieren conquistar sus metas sobre el tartán, el césped o la pista, y porque b) nadie ha anunciado una sanción severa a McLeod por sus temeridades.

Digo que en este país lo conocemos desde hace un par de lunas, porque en Rusia, concretamente Sergei Shubenkov, ya lo ha padecido: en una acción similar en junio, McLeod cayó sobre el hoy sucampeón mundial y estuvo a punto de dejarle sin Mundial (lesión de tobillo y magulladuras en la espalda): "Es muy inestable. Tiende a caerse cuando se ve superado. Es un peligro". Vaya por delante que el jamaicano no es un 'patas': fue campeón olímpico en 2016 con 22 años y del mundo en 2017. Pero eso de apretar físicamente al de la calle contigua, poniendo en riesgo tanto las aspiraciones como el físico de los adversarios, fallando cuando le adelantan, es puro antideporte.


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