LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Monstruos

El curso pasado fue para ella un infierno. Un grupo de chicas le hacía la vida imposible a diario. Insultos, vejaciones e incluso agresiones físicas que minaron su autoestima y poco a poco, a sus 13 años, quedó aislada del resto de sus compañeros sin saber muy bien el porqué. 

Tras varias reuniones con los responsables educativos, sus padres decidieron que la única opción era sacarla de allí. Se encontraban en un callejón sin salida. Ellos tampoco podían soportar más el sufrimiento de una hija que estaba perdiendo las ganas de vivir.
Ana vive angustiada. Pese a que el verano le ha dado una tregua y ha cambiado de instituto, continúa sintiendo pánico al acudir a las aulas.
El miedo sigue presente, aunque el Francisco de Quevedo parece diferente. La gente es más amable y allí Ana no está señalada, es una más y pasa completamente desapercibida. Pero es sólo un espejismo. La esperanza se torna pronto en pesadilla. Los comentarios despectivos en sus perfiles de redes sociales vuelven a ser una constante. Sus verdugos, que siguen yendo al que fuera su centro educativo del barrio de San Blás ubicado a unos 15 minutos del actual, retoman el hostigamiento y no paran hasta averiguar cuál es el instituto al que va. «Ya sabemos dónde estudias: prepárate».  
 El estrés y la angustia le impiden conciliar el sueño. Ana apenas ha dormido. Desayuna con sus padres, nerviosa, sin apenas despegar los labios, tratando de dar las explicaciones justas a las preguntas de sus progenitores. No quiere preocuparles más. Ya han tenido que interceder días atrás para que no recibiera una paliza. Agarra su mochila, se pone los cascos y sale por la puerta con lágrimas en los ojos. La situación le supera.
La jornada escolar transcurre con normalidad. Las clases y los nuevos compañeros han hecho que Ana se olvide de las amenazas, hasta que suena el timbre, recoge sus libros para guardarlos en la mochila y enciende su móvil. Aterrada, lee un WhatsApp que le avisa de que fuera le esperan. Acongojada, decide abandonar el instituto por la puerta de atrás. Pero ya es tarde. La joven es rodeada por un grupo de estudiantes en actitud desafiante. Dos de sus acosadoras, de la misma edad, salen al centro del círculo macabro y comienzan a insultarla sin piedad. Una de ellas le tira al suelo, se sube encima y, con saña, le propina varios puñetazos hasta que le rompe la nariz. Nadie hace nada por evitarlo. Los que no vitorean, graban con el móvil. 
Este suceso, acaecido la pasada semana en Madrid y que acabó con dos menores detenidas, ha puesto de manifiesto que el bullying se ha convertido en una lacra social que es necesario combatir entre todos. El número de denuncias por acoso escolar no ha parado de crecer en los últimos años en España, donde, según apuntan algunos estudios, alrededor de dos millones de menores lo padecen.
Cifras preocupantes que constatan que la sociedad en la que vivimos está enferma y que es necesario, fundamentalmente desde los hogares, con la inestimable ayuda de los colegios, que se haga un esfuerzo por inculcar una educación en valores, basada en el respeto, la convivencia y la diversidad. La educación es el antídoto para combatir a un bullying que, con la llegada de las nuevas tecnologías y las redes sociales, se ha convertido en un monstruo de mil caras que traspasa la barrera de las aulas, para llegar a hacer la vida imposible de aquellas víctimas que apenas cuentan con herramientas para poder poner fin a sus más que justificados miedos.
Los centros educativos tendrían que establecer los protocolos necesarios para evitar que este tipo de acciones, que son vox populi en clases y pasillos, pasen de ser un imperceptible grano de arena a transformarse en una montaña de considerables dimensiones.
Los niños que padecen esta tortura han de tener claro que disponen de los cauces adecuados, ya sea a nivel familiar o escolar, para tratar de poner fin a sus pesadillas y que el hecho de contar lo que sucede no va a suponer, como ocurre en muchas ocasiones, que el problema vaya a aumentar de intensidad. 
Haizea Cozar tiene nueve años. Estudia en el colegio Fernando de Rojas de Burgos y el pasado año realizó un trabajo cuya temática era el acoso escolar. Tras bucear por internet, encontró la historia de la norteamericana Acacia Woodley, un año más mayor que ella, y decidió plantear una idea parecida, creando su particular Banco de la amistad en el patio, con el objetivo de evitar que los niños se sientan solos en el recreo y puedan tener un punto de encuentro al que acudir. La propuesta llegó a la dirección del centro, se hizo viral en las redes y desde esta misma semana ya es una realidad.
La naturaleza del bullying es el resultado de una sociedad en la que se da mucha más importancia al tener que al ser y en la que, en vez de primar y cultivar los valores humanos, se fomenta una competitividad desmedida que termina, casi de manera inconsciente, por generar el descarte y la exclusión. Haizea ha mostrado el camino para evitar que el monstruo siga creciendo.