TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Sobre políticos presos y al revés

Dicen que, en las guerras, la primera víctima es la verdad. Y, por extensión, digo yo, la libertad de expresión. En las campañas electorales, que son como una guerra sui generis, pasa algo semejante: la verdad muere a manos de las variadas demagogias, acusaciones sin fundamento y trampas dialécticas que unos se tienden a otros. Y, en cuanto a la libertad de expresión... Espero que no me considere usted un exagerado, pero pienso que estamos atravesando momentos de déficit en lo tocante a este bien, que no es solamente preciado por los periodistas, desde luego, sino que debe serlo por el conjunto de la sociedad, que en tener una buena información se juega mucho. 
Y no me refiero solamente a que el aún ministro Borrell, irritado con las preguntas algo insolentes, quizá no del todo ajustadas a la realidad, de un periodista, le dejase con el micrófono en la mano, tras decirle que no era eso lo que tenía que preguntar; lo que, claro, dio la oportunidad al colega alemán para responderle que "yo no estoy aquí para hacerle las preguntas que a usted le gusten, señor ministro". Aprecio al titular de Exteriores y sé que es un demócrata; pero también sé que al conjunto de este Gobierno le gustamos poco los periodistas, en general, y los que piensan que 'noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique', en particular. Lo indiscreto, ministro(s) no son las preguntas: lo son las respuestas. O la falta de ellas. 
Cuando los periodistas permitimos que tanto Pablo Iglesias como, en el extremo opuesto, Santiago Abascal, digan de los medios, de nosotros, más o menos lo mismo que Trump, estamos causando una lesión al conjunto del cuerpo social. Cuando no protestamos por el hecho de que la Junta Electoral haya prohibido a una cadena de televisión -todo lo sectaria y desequilibrada que usted quiera, que sin duda lo es- emplear expresiones como 'presos políticos' para referirse a los políticos presos, o 'exiliados', para hablar de los fugados, estamos, lamento mucho decirlo, vulnerando una libertad de expresión. 
Sabemos que los encarcelados no son presos políticos, pero no podemos impedir que un locutor sesgado, un entrevistado en un programa televisivo, utilice las expresiones que mejor le parezcan. Flaco favor han hecho Borrell o la JEC a la imagen de la democracia española. Flaco favor al concepto que nosotros mismos tenemos de la democracia cuando se racanean los debates televisivos, cuando se mantiene la absurda prohibición de publicar sondeos en los días inmediatos a las elecciones, cuando se demoran, sin que nadie explique por qué, las soluciones arbitradas para las televisiones públicas. 
Creo que la libertad de expresión, en esta guerra que dura, como la propia crisis política, ya demasiado, ha cedido, está cediendo, muchos enteros. Hemos acostumbrado a algunos a pedir ser entrevistados por Fulano, pero no por Mengano; a hacer ruedas de prensa sin preguntas; a regañarnos porque quizá no hayamos sido lo suficientemente complacientes. Y eso, cuando no se trata de exigir 'cuotas' de tertulianos en los medios audiovisuales. Por ejemplo. 
Cierto: a veces no hemos sabido guardar los suficientes equilibrios y equidistancias. En ocasiones, periodistas y asimilados han soñado con llegar a ser políticos, y lo han logrado, con todo lo que eso conlleva (y conste que no los critico: hablo, simplemente, de un síntoma). Nos hemos ensoberbecido cuando nos piden 'dales caña' y nos hemos acobardado cuando, moviendo un dedo admonitorio, aunque fuese desde las redes sociales, se nos decía 'ten cuidado'. Quizá alguno haya colaborado con delincuentes del micro oculto. No hemos quitado ni puesto rey, pero hemos ayudado a nuestro señor. 
Y, claro, nos han perdido el respeto. Y nos han hecho olvidar la máxima volteriana que jamás debimos dejar de lado: 'yo, que aborrezco lo que usted dice, daría la vida para que usted pueda seguir expresándolo libremente'. Eso, exactamente eso, es la libertad de expresión que hemos perdido.