Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


Ciudadanos globales desde la infancia

Si tuviera que elegir una experiencia trascendental, de esas que le dan la vuelta a tu forma entender el mundo, tendría que remontarme a 2013. Por aquel entonces formaba parte de la red de activistas de Amnistía Internacional en el área de educación, lo que me ofrecía la oportunidad de planificar actividades en pro de laigualdad y la equidad. De esta forma conocí a Claudia, defensora de los Derechos Humanos colombiana y apenas unos cinco o seis años mayor que yo. Vino a Soria como parte de una gira regional, con el objetivo de mostrarla otra cara del mundo a alumnado de secundaria y universitario. Campesina y feminista, defensora de la justicia y la legitimidad, su historia de vida era brutal, y escucharla de su propia voz, sin tabúes, con todo lujo de detalles y enseñándome las marcas que daban cuenta de ello, primero me dejó en shock. Pero, tras asimilarlo, me hizo tomar una conciencia más global de la realidad y, sobre todo, me generó una tremenda gratitud por las condiciones de vida que tenía la fortuna de disfrutar.
Este pasado miércoles se celebró el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, e irremediablemente me ha hecho reflexionar sobre mi entorno más próximo. Aunque las generalizaciones son odiosas, cierto es que ese halo de sobreprotección tras el que está creciendo la infancia hoy en día, está dando lugar a que algunos de nuestros niños y nuestras niñas (la sociedad del futuro) no sean conscientes de todo aquello por lo que deberían estar agradecidos. 
A diario, en las aulas, me encuentro estudiantes que se lamentan de la dinámica propia de la escuela, que muestran su descontento por tareas tan habituales como tener que copiar un texto. Cierto es que algunos de estos comportamientos son los propios de la edad –o más bien de su edad, y de esta preadolescencia temprana que se nos ha sobrevenido-. Pero, desde un análisis más profundo, la realidad es que estamos ante una generación que concentra todos sus esfuerzos en sus derechos, sin prestar suficiente atención a sus obligaciones. Niños y niñas que no quieren –o no son capaces- de tomar conciencia, de ampliar sus horizontes ode comprender que hay vida más allá de nuestras fronteras, y que, como dice el refranero español, es de bien nacidos ser agradecidos. Entiendo que las circunstancias en las que están creciendo ellos se distancian bastante de las nuestras, y más aún de la generación de nuestros padres, para los que el esfuerzo y la gratitud eran valores más tangibles, ya que habían sufrido en propias carnes la crudeza de las vacas flacas. No obstante, deberíamos plantearnos –como los adultos que velan por su futuro- cuál es el problema de esta generación para la que todo son exigencias.
Ayudar a comprender nuestro rol en el mundo debería de ser una enseñanza fundamental que compartiéramos escuela y familia.Porque solo siendo plenamente conscientes de que haber nacido en la parte rica del planeta ha sido fortuito, podremos entender la responsabilidad que ello conlleva para con los menos afortunados. 
Como dice la UNESCO, la educación es un derecho fundamental pero por desgracia todavía resta mucho de ser global. Por ello es necesario que nuestros infantes identifiquen el asistir a la escuela como un privilegio propio de los países ricos, y no como una obligación tediosa y sin sentido.