TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Depender de los independentistas, qué contradicción

La enorme contradictio in terminis se la escuchamos este viernes a José Luis Ábalos, quizá número dos del PSOE, ministro de Fomento para lo que valga y portavoz de hecho de este partido cuando hay que comunicar cosas importantes: por patriotismo, para no tener que "depender de los independentistas", es preciso que Partido Popular y Ciudadanos se abstengan en la votación de investidura de Pedro Sánchez, dijo Ábalos, olvidando acaso que los socialistas no hicieron lo propio, en su momento, con Mariano Rajoy.

Pero en fin: el caso es que el Gobierno de Sánchez prefiere -toma, claro- gobernar en solitario y no lo otro, depender de los independentistas. Y puede que tampoco de Podemos, pero de eso Ábalos no habla; al menos en teoría, no avala esa posibilidad, diríamos, ahora que estamos en juego de palabras. Independentistas sí o no, esa es la cuestión, parece.

La oposición conservadora -no son lo mismo unos que otros, aunque a veces se empeñan en parecerlo- acusa a Sánchez de haberse entregado en manos del secesionismo, incluyendo como parte de esta entrega los nombramientos de Meritxell Batet como presidenta del Congreso y de Manuel Cruz como presidente del Senado, en sustitución de la frustrada candidatura de Miquel Iceta, que ya veremos a qué Ministerio irá a parar.

La verdad es que ni Batet ni Cruz (ni, por cierto, Iceta) tienen nada de indepes, aunque sí de dialogantes y de buscadores de nuevas fórmulas de conllevanza con el grave problema catalán; creo que se equivocan Cs y PP insistiendo en algo que es obviamente falso. Porque no queda otro remedio que ver las cosas como son: los independentistas han ganado las elecciones generales en Cataluña y la semana entrante acudirán a tomar posesión del escaño unos políticos presos, custodiados por policías (de paisano, menos mal) y sin libertad de movimientos por la Cámara, así que periodistas abstenerse. Luego, regresarán a sus celdas, desde donde seguirán siendo el pretexto para una agitación internacional -véase lo que está ocurriendo en el Bundestag alemán- de lazos amarillos que evidencia, cuando menos, lo inadecuado de nuestra legislación y de nuestra infraestructura diplomática para hacer frente a todas estas situaciones inéditas, inesperadas.

Pedir a la oposición que te permita gobernar en solitario, que es solicitud que yo también avalaría, hubiese exigido otro talante a quien aún gobierna y muy presumiblemente seguirá haciéndolo: si querían una abstención del PP en la investidura, haber ofrecido la presidencia de la Cámara Baja a alguien del PP, como Ana Pastor, que no lo ha hecho nada mal teniendo en cuenta las circunstancias y que ni Legislativo, ni Ejecutivo, ni Judicial, ni el cuarto poder (o algo así) han vivido precisamente un período de normalidad.

Pero la generosidad, la altura de miras y la vocación de Estado por encima de los intereses de tu partido siguen siendo virtudes infrecuentes en el secarral político español, y de ahí la permanente sensación de provisionalidad, otra contradictio que se prolonga demasiado.

Así que me atengo a lo más previsible, que golpea a mi inveterado optimismo, que hace que tantas veces me equivoque cayendo en la utopía: no habrá abstención -ya lo dice, en duros términos no siempre acertados, Pablo Casado- en la investidura. Así que quizá acabemos viendo a un ministro con corbata morada... y mirando con atención hacia los escaños de Junts per Catalunya y Esquerra Republicana, sabiendo que, en el fondo, pues ocurrirá eso que no quiere avalar Ábalos: que dependamos de los independentistas. Pero aquí ya nadie se extraña, en el dominante paisaje surrealista, de una contradicción más o menos. Total... 


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