DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Corregir la miseria

26/03/2020

La pandemia del coronavirus, una de las mayores crisis humanitaria de la historia por su dimensión universal, inesperadamente ha enfrentado al hombre a su real dimensión de nimiedad. La sofisticada tecnología desarrollada en el último siglo no le mantiene a salvo. La lección de humildad no servirá de mucho, no garantiza la superación de errores. Pero hay algunas cosas que ya hemos aprendido los españoles en estas dos últimas semanas: que es obligado corregir drásticamente nuestra carrera alocada hacia la insignificancia y que es necesario preservar la fortaleza del Estado-Nación frente a esos reyezuelos temerarios que utilizan la comunidad autónoma que presiden a mayor gloria propia y de amiguetes. Algunos no se han dado cuenta de que las reglas geopolíticas actuales requieren de estados fuertes para competir en un mundo tan globalizado. Acaso ahora perciban su propia nimiedad al sentir el ridículo de la ineficacia en algo que, incluso, parecería tan simple, la compra de mascarillas de tela.
España ha de trocar también el camino sin fin que nos arroja al abismo de la dependencia más absoluta. No se trata de abrazar a estas alturas la autarquía imposible. Pero sí hemos de reflexionar sobre el modelo de país que estamos construyendo. Fuimos engañados cuando se nos dijo que la pertenencia al Mercado Común Europeo impedía a los gobiernos intervenir en las empresas. Dejamos en manos extranjeras sectores estratégicos y nos convertimos en obedientes consumidores de bienes que enriquecían a otros y de créditos que acabarían convirtiéndonos en sus rehenes. El campo sin duda fue el principal perjudicado (¿recuerdan cuando nos obligaron a cortar olivos y parras y a matar las vacas?), pero también lo fue el sector energético, el farmacéutico y tantos otros que ahora se demuestran vitales. Acabamos de pagar por adelantado 500 millones a China por un surtido de material sanitario. Y agradecidos. Dinero que volverá a España, pero para comprar empresas a precio de saldo. El país asiático es el nuevo crupier que reparte las cartas. Y la banca siempre gana.



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