Victoria Lafora


Reinvertarse el Senado

Manuel Cruz, ese filósofo que hace del intercambio de argumentos la base de su actividad política, llega al Senado con el reto de reinventar una institución que la gran mayoría de los españoles no sabe para que sirve, ni encuentra justificación al coste económico que supone a las arcas públicas. El palacio de la Plaza de la Marina Española ha sido estas últimas legislaturas, en manos del Partido Popular, una cámara apolillada, ineficiente y mera correa de transmisión de los proyectos que aprobaba el Congreso. Salvo el aldabonazo de la aprobación del 155, sus miembros languidecían entre la disciplina partidista y el tedio.

Era, en definitiva, el retiro dorado de las viejas glorias de las formaciones políticas, expresidentes autonómicos, y algunos castigados por los nuevos dirigentes de sus siglas.

La pérdida de la cómoda mayoría de la derecha en su hemiciclo fue una consecuencia más de los malos resultados electorales del PP que pretendían, junto a Vox y Ciudadanos, reimplantar el 155 en Cataluña de forma inmediata y sin fecha de caducidad.

Hubiera sido difícil de justificar constitucionalmente sin un nuevo intento por parte del Govern de conculcar la legalidad vigente. Pero la amenaza estaba ahí y ya no está. El Senado, en su actual funcionamiento, no sirve ni a la ciudadanía ni a las Comunidades Autónomas. Es una mera repetición de la actividad del Congreso e incluso las sesiones de control, único día de una cierta "vidilla" en el hemiciclo, no tiene a los inevitables conflictos territoriales como argumento. El presidente del Gobierno de turno se somete a las mismas preguntas del Congreso con los mismos abucheos y aplausos.

El reto pues de Manuel Cruz es inmenso. En un momento en el que el conflicto catalán monopoliza la vida política española, esta cámara puede jugar un papel crucial en el mantenimiento de un diálogo, dentro de la Constitución, por supuesto, que convenza a la sociedad catalana de las ventajas de la convivencia dentro del Estado. La tarea es titánica pero el último CEO (el CIS del la Generalitat) demuestra que los maximalismos de Puigdemont y Torra están creando desafección hacia el independentismo. Es verdad que la habilidad política y la bonhomia de Iceta le convertían en un buen candidato. Pero algunas de sus manifestaciones últimas y su dependencia personal y orgánica de Pedro Sánchez también hubieran dificultado su labor. Manuel Cruz es un político peculiar. Mucho más cercano al mundo de la enseñanza, de la escritura y, sobre todo, del diálogo, impondrá en el viejo caserón (pese a su remodelación arquitectónica) aires nuevos a una institución polvorienta.

Puede ser la última posibilidad de demostrar la utilidad de esta segunda cámara legislativa. Sino los ciudadanos reclamarán que la próxima reforma constitucional acabe con un órgano anacrónico.