VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Yo estuve en Colón

Fue una mañana de domingo con aire de fiesta, aunque también de reivindicación. El cielo madrileño estaba cubierto y el frío de febrero te calaba el plumas y los guantes, que sujetaban la bandera española convertida en una gota en la marea de colores amarillo y rojo que inundó la Plaza de Colón. 
No acudí a la manifestación como periodista sino como ciudadano con ganas de expresarme. Quienes estaban allí, a los que pude ver de cerca y examinar, no eran miembros de ninguna jauría rabiosa dispuestos a morder por sus ideas radicales, sino familias españolas y grupos de amigos expresando libremente su pensamiento, ejerciendo ese derecho sacrosanto de la libertad de expresión. Pero durante los meses que han pasado desde entonces hemos sabido que una buena parte de nuestros conciudadanos, especialmente algunos que se dedican a la política y el periodismo, creen que nuestra asistencia a Colón fue un hecho despreciable del que avergonzarnos de por vida. Mis acompañantes hicieron incluso selfies en los que de fondo se ve el escenario de la vergüenza, en el que tres partidos políticos etiquetados como el trifachito (¡ay, las etiquetas, deporte favorito de la izquierda!) compartían protagonismo junto a la enseña nacional y el himno legal del país democrático en el que vivimos. Y desde entonces se denomina aquella protesta cívica como el trío de Colón.
Todos los que estuvimos en aquella expresión patriótica callejera somos descalificados con sorna porque entre los convocantes y los participantes estaba el demonio del Averno, el partido político VOX que acababa de obtener representación en Andalucía y estaba a punto de entrar con fuerza en el Congreso y en ayuntamientos y asambleas autonómicas. 
Todos llevaremos por la eternidad una camisa parda imaginaria que debe avergonzarnos por haber expresado nuestras ideas junto a una organización sobre la que se ha decidido imponer una idea cercana a la ilegalidad, y a la que se deslegitima y se niega el derecho a estar en las instituciones, y con ello a los millones de votantes a los que representa. Pero, ¿qué demonios nos importaba a nosotros VOX? 
Muchos de los presentes ni siquiera sabían quién convocaba, pero conocían a la perfección qué se defendía. Como esta columna lleva sagazmente el epígrafe de las verdades arriesgadas, podremos constatar en ella que cualquier manifestación que exija respeto a quienes comparten ideas con esta formación política corre peligro de ser enviada al exilio de lo inaceptable, aunque quien la pronuncie no tenga nada que ver con Abascal. 


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