TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


El problema son ellos; o sea, nosotros

17/10/2020

¿Cuál es el principal problema de España? Acumulamos, ciertamente, bastantes respuestas posibles, para qué nos vamos a engañar. Claro que una cosa es lo que dicen las encuestas oficiales, otra quizá la que decimos los columnistas en los periódicos y una, muy diferente, la realidad que se percibe en las calles, cada vez más desiertas en un país que siempre vivió de puertas afuera. Pero si usted atiende a lo que se escucha y hasta lo que se detecta en las consultas a la opinión pública, verá que el principal problema son 'ellos'. O sea, en el fondo, nosotros mismos, país que, como decía Bismarck, somos el más fuerte del mundo, porque llevamos siglos empeñados en destruirnos -y ahí seguimos- y no lo hemos conseguido. Hasta ahora, al menos.

Leo un luminoso artículo de Ignacio Varela en el que nuevamente acierta, ahora al denunciar cómo el Centro de Investigaciones Sociológicas, en su última encuesta, oculta que la preocupación número uno de los españoles es la escasa calidad de esta (mal) llamada 'clase política'. Tradicionalmente, el CIS incluye en su cuestionario una explicitación de los principales problemas a juicio de los encuestados. En este sondeo, el coronavirus, la crisis económica y el paro ocupan los tres primeros lugares, con un 24'7 por ciento en el caso de la pandemia, un 9'4 en el de la situación económica y un 7'6 en el del paro. Sin embargo, si usted agrupa los 11 apartados en los que se ha dispersado la cuestión que a continuación detallo, comprobará que el primer problema, en realidad, para un 40 por ciento de los españoles tiene que ver con 'el mal comportamiento de los políticos', 'los problemas políticos en general', 'la falta de acuerdos y de unidad', 'la inestabilidad política', 'lo que hacen los partidos políticos', y así varios más. Todos estos temas, cuidadosamente disgregados, suman un 39 por ciento si se pregunta cuál es la primera fuente de inquietud, y hasta un 71 por ciento si se quiere saber cuál es uno de los tres primeros problemas a juicio del interrogado.

No me resulta nada extraño, desde luego. Una primera fuente de desconfianza del representado hacia su representante reside cuando tiene que poner en tela de juicio hasta los trabajos demoscópicos que encargan los segundos para tratar de edulcorar la verdad a los primeros. La falta de transparencia con la que se administra el poder, que abarca también, claro, a la libertad de expresión, tan disminuida, alcanza cotas inusuales desde que yo tengo memoria política en la democracia.

Ni tampoco me extraña que en Europa, aunque desde el Gobierno insistan en lo contrario, estén analizando esta democracia nuestra con lupa, mientras algunos importantes medios de países cercanos empiezan a señalarnos con el dedo como presunto 'Estado fallido', o 'país fracasado', expresiones que me hieren, quizá porque no pasan inadvertidas. Y hasta parece lógico que esto sea así cuando desde algunos medios nacionales también se juega a la confrontación, tan presente en el Parlamento, en los parlamentos (hay que ver los debates en la Asamblea de Madrid, tan de sal gorda): tuve una discusión televisiva con un querido -y habitualmente mesurado- compañero que diagnosticaba que España se encuentra en una suerte de 'guerra civil fría', es decir, sin pistolas, pero con tensión y crispación máximas. Y no, las alusiones a cualquier tipo de guerracivilismo, por muy frío que sea, creo que están de sobra, por mucho que una política errada la emprenda, por ejemplo, a martillazos con el recuerdo de Largo Caballero. Creo que una buena dosis de mesura resulta hoy más que nunca aconsejable.

El país está sobrecogido, con la sombra de 'otro 1898' planeando sobre nuestras cabezas. Mala política llevar las diferencias, aunque sean tan severas como el absolutamente innecesario proyecto de reformar 'desde arriba' el poder judicial, hasta las instancias europeas. Hay miembros de la UE que quizá entienden que dejar caer a España sería suicida para la Unión; otros, en cambio, parecen empeñados en castigarnos y aprovechan cualquier pretexto. ¿A qué darles argumentos?

Pues eso: que si usted estudia las tripas del último barómetro del CIS percibirá que el problema, en verdad, son ellos. O sea, nosotros, que hemos elegido que ellos nos representen.



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