SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Madres y padres modernos

Esta semana los aspirantes a universitarios se han examinado de la EBAU (ya veremos cómo se llama mañana). Con sus dieciocho años cumplidos, la mayoría de los examinandos se presentaron con los padres. Y muchos de esos progenitores, se quedaron esperando en la puerta comiéndose las uñas para estar cerquita del niño o la niña cuando salieran del aula. Los padres de hoy en día estamos colaborando a crear una generación de mierdecillas. Sí, de mierdecillas. Con dieciocho años, el ser humano está preparado más que de sobra para ir solo a un examen, para salir de juerga, para hacerse unos macarrones, para limpiar la casa, para elegir la vida que quiere. Hay padres que ven indefensos y desvalidos a sus vástagos, aunque hayan cumplido los cuarenta. A los que ahora tenemos hijos adolescentes y jóvenes, nuestros padres nos educaron con mucho más sentido común y sensatez. A mí jamás me han acompañado a hacer una matrícula, ni en el instituto. Ni a solicitar una beca. Ni me han acompañado a Madrid a buscar piso. Cuando yo era universitaria, nuestros padres ni sabían dónde vivíamos ni conocían a nuestros compañeros de piso.  Y vivían con una tranquilidad que los padres de ahora no tienen. ¿Saben por qué? Porque confiaban en sus hijos. Porque sabían que teníamos edad para tomar decisiones y si no estábamos preparados, nos buscábamos la vida. En la propia toma de decisiones, aprendíamos. Eso es la vida. Sin más tonterías. 
Los jóvenes de hoy no tienen oportunidad de aprender a ser personas, porque sus padres no les dejan. Pero, qué paradoja. Les llevan de la mano a la selectividad, les limpian los mocos, les hacen la cama, pero luego el chiquillo o la chiquilla enarbola su derecho a la independencia «porque soy mayor de edad y tú no me mandas» y se marchan de viaje con el dinero de papá y mamá y salen de juerga donde quieren como quieren y hasta que quieren, también con el dinero de papá y mamá. Y los padres lo aceptan todo como Teodoro en La que se avecina con un ninguneo por respuesta: «¿A qué hora vuelves? ¿Te llevo? ¿Te traigo? Bueno, confío en ti, soy un padre moderno».
Y esto cuando ya son mayorcitos. Que cuando son pequeños, los padres se recorren toda la geografía española porque juegan al fútbol, al tenis, al baloncesto o hacen gimnasia rítmica y, oh, pobrecitos, cómo van a ir solos en un autobús con otros veinte niños y sus entrenadores. ¿Y si les pasa algo? Pues eso es la vida, que nos pase algo a la edad que sea: niñez, juventud, madurez y senectud. Que los niños no se traumatizan. Yo no veo a ningún padre o madre de mi edad traumatizado por una infancia en la que los padres no marcaron cada milímetro de vida. Yo doy gracias a mis padres por no haberme acompañado nunca a nada. 


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