Tras el origen del Cantar de mio Cid

Antonio Pérez Henares
-

'El Juglar', la nueva novela de Antonio Pérez Henares, recrea una Edad Media con sus pasajes más relevantes, centrándose en quién pudo ser el gran y desconocido autor de la célebre obra

Vista del imponente monasterio de San Pedro de Cardeña, donde están enterrados ilustres personajes como el Cid o Doña Jimena.

El juglar es, ante todo, una novela. La más novela de las últimas que he escrito, donde los personajes de ficción son los grandes protagonistas y quienes sustentan la trama y le dan vida al relato, aunque queden enmarcados con hechos, escenarios y grandes personajes históricos. Pero es, antes que nada, ficción. Es aventura, drama, risa, amor, pasión, desamor, rencor, batallas, victorias, derrotas, ambición, desesperación y traición.

Recrea una Edad Media donde existen no solo la espada, la sangre y la muerte, sino también la vida, el color y la música. Un fresco por el que transitan las gentes de a caballo y los de a pie, los reyes y los condes, los labriegos, los siervos y los mezquinos. Viaja por la historia y por los lugares donde se escribió, por los reinos cristianos, por los caminos de Santiago, por las cortes occitanas y por las taifas moras.

La voz que la cuenta es la de los juglares, la de uno que las funde a todas en un cantar. Pero la novela, siendo ficción, incuba una probabilidad y hace una apuesta de quién pudo ser el gran y desconocido autor, dónde nació y dónde escribió. Y por qué y por quiénes se escribió el más famoso y recitado cantar, el de mio Cid.

Pero al autor de El juglar, que soy yo, le ha sucedido que, al ir por los senderos y lugares descendiendo en el tiempo y escudriñar a los personajes reales por los archivos, las tumbas, los linajes y las crónicas, la historia le salió al encuentro. Empezó a asaltarle y a descubrirle lo que sí fue y acaeció, y hasta estuvo y está escrito. Pero hoy permanece oculto y desconocido. 

El juglar son tres voces de tres personajes en tiempos históricos concatenados de muy diferentes estatus y situaciones. Desde la del humilde cazurro de plazas y mercados, a tener entrada en castillos y hasta llegar a la corte del rey. Abuelo, padre e hijo inician cada cual su andadura, saliendo el uno de Cardeña con la mesnada cidiana hacia el destierro; llegando el otro a la corte occitana de Alfonso del Jordán; y terminando el tercero siendo monje y fundiendo todas las voces para acabar por dar a luz al gran poema con el que las huestes castellanas armaban su corazón para acudir a la más crucial batalla contra el infiel: la de Las Navas de Tolosa en el año 1212.

Tierras de León y Castilla

Los reinos y tierras de Castilla y de León tienen un primordial protagonismo, como no podía ser de otra manera, en todo el recorrido narrativo y viajero de El juglar, desde su inicio hasta su final. Cuna de la estirpe de los juglares que la narran y escriben, Vivar del Cid, San Pedro de Cardeña y por supuesto Burgos, tienen una destacadísima presencia, al igual que Castrojeriz, paso obligado del Camino de Santiago y clave de la trama amorosa de singular trascendencia en la ficción. Belorado asoma también como paso del camino y disputada plaza con el reino de Navarra. León cobra enorme relevancia como sede de la corte y lugar donde se produce la coronación de Alfonso VII como emperador, además del fabuloso cortejo de reyes, cristianos y hasta un musulmán, así como de los más importantes nobles y señores occitanos, encabezados por su leal y valeroso primo, Alfonso Jordán, conde de Toulouse, al que llegaron a rendir vasallaje. El desfile de la juglaresca venida de todos los lados para participar en la ocasión es uno de los pasajes más coloridos y espectaculares. También lo fueron en la celebración de la boda de la hija natural pero siempre querida y como infanta tratada por el Emperador, Urraca la Asturiana, habida con su primer y gran amor, doña Gontrodo de Tineo, y a la que casó con el rey navarro, García Ramírez el Restaurador, nieto por el lado materno del propio Cid Campeador. La madre del Restaurador fue Cristina, la hija mayor, Elvira en el Cantar, que Rodrigo Díaz de Vivar tuvo con doña Jimena, amén del primogénito Diego, muerto en combate cuando ya mandaba la mesnada de su padre en Consuegra (Toledo).

El resto de las provincias no dejan tampoco de aparecer, como son Ávila, Zamora, Salamanca, Valladolid. Tiene particular relevancia Segovia, lugar donde encontró la muerte el gran adalid y primo hermano y hasta puede que hermanastro de Rodrigo, Minaya Álvar Fáñez, a manos de los partidarios del aragonés Alfonso I el Batallador, en una lucha con la que fue su propia esposa, doña Urraca I reina de León y de Castilla. 

Es, sin embargo, la provincia de Soria, tanto la capital como el castillo de Osma, las murallas de Berlanga y Rello, así como la impresionante fortaleza califal de Gormaz (donde se sitúa uno de los personajes femeninos de mayor importancia de la novela, la mujer halconera) y la aún más emblemática Medinaceli y el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta a orillas del río Jalón, la que emerge con singular luz en toda la trama narrativa. Allí nació y murió muy probablemente Per Abatt, quien fuera bien recopilador o copista del Cantar de mio Cid y voz narrativa a lo largo de toda mi novela. Allí, se tiene constancia de que se leyó el Cantar por vez primera en 1199, justo en el centenario de la muerte del Campeador y en presencia del rey Alfonso VIII, que también por su madre navarra resultaba ser un tataranieto. Y allí fueron enterrados la hija de la citada Urraca la Asturiana, doña Blanca Garcés (biznieta de Rodrigo y casada con Pedro Manrique de Lara, II señor de Molina), y ambos grandes benefactores del monasterio y los máximos impulsores del Cantar. El sepulcro del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, propulsor de la cruzada de las Navas, se encuentra también allí por expresa voluntad suya, en vez de hacerlo en su catedral toledana.