Editorial

Hamás e Israel abren la puerta del infierno en Oriente Próximo

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A medida que se conoce más sobre los ataques terroristas de Hamás en Israel, descubrimos nuevas aristas de una brutalidad que parece desconocer límites. La matanza despiada e indiscriminada de civiles perpetrada por salvajes estancados en el medievo que torturan, violan y secuestran sin escrúpulos ha desatado una ola de indignación de alcance global. Casi tan grande como la causa común contra el terrorismo y el apoyo internacional que ha recibido el gobierno hebreo para combatirlo. No caben excusas, ni hay equidistancias que valgan. Sin resquicios a buscar justificaciones para una masacre así, la izquierda más reaccionaria y antisemita ha quedado otra vez más retratada. No siempre hay algo en el pasado a lo que agarrarse para justificarlo todo.

El ataque de Hamás es un acto de guerra e Israel está en su pleno derecho de defenderse, pero siempre respetando el derecho internacional y humanitario. Mientras caen cientos de bombas y se cierran los pasos fronterizos, los habitantes de la franja no tienen adónde huir. La persistencia de los bombardeos parece empeñada en reducir a escombros los 360 kilómetros cuadrados más calientes del mundo desde hace siete décadas. La respuesta israelí se barrunta ya devastadora para las más de dos millones de personas que viven bloqueadas y hacinadas. De momento, Occidente apoya firmemente a Israel, pero el temor a una catástrofe humanitaria podría virar pronto a la opinión pública. La sed de venganza de Israel debe dirigirse contra los terroristas, no contra el pueblo palestino. Un humillado Benjamín Netanyahu, que se ha apresurado a pactar con su opositor un «gabinete para la guerra», debería medir el alcance de las represalias. Un castigo colectivo sería injusto, al margen de que seguiría alimentando el odio y la violencia. Tampoco puede obviar que lo que busca Hamás es poner al mundo árabe ante la necesidad de responder ante una matanza de palestinos. Es alargada la sombra de Irán y su intento de hacer descarrilar la normalización de relaciones entre Israel y las monarquías del Golfo Pérsico.

La única vía posible y justa para la resolución de un conflicto enquistado desde hace demasiado tiempo es la de las reglas del derecho internacional. Lo que toca ahora es defender el fin de las muertes de inocentes en ambos lados y reclamar una solución respetuosa con los derechos humanos. Sin embargo, los antecedentes y las maniobras que se atisban en el tablero geopolítico no invitan al optimismo. Estados Unidos y Europa deberían redoblar esfuerzos para exigir el cumplimiento de las resoluciones de la ONU. Sin embargo, la maniatada UE contiene la respiración con otro conflicto bélico a sus puertas y Joe Biden manda un portaaviones y varios barcos de guerra como medida de disuasión para aquellos otros actores regionales tentados a aprovechar la situación.