Silencioso Duero

Victoria Pelayo Rapado
-

Victoria Pelayo escribe un evocador relato sobre la relación de Bécquer y el Duero a través de 'El Monte de las Ánimas'

Silencioso Duero - Foto: E.G.M Eugenio Gutiérrez Martínez

Acostumbrada al ruido del río Duero a su paso por Zamora, mi ciudad natal, me sorprendió su silencio por tierras sorianas. Durante mi paseo, el mismo que hacía Antonio Machado, en los tramos donde no me cruzaba con otros caminantes el mutismo del río es total. Me acerqué a la orilla para comprobar si allí, tan cerca del agua, tampoco se oía; ni un rumor indica el potente caudal que se desliza silencioso y suave a pocos metros.

Los sorianos son gente amable, su carácter no hace honor a la fama castellana de sequedad y rudeza; se desviven por explicar cuál es y dónde está la mejor pastelería para comprar mantequilla o cuál de las dos orillas del Duero era la preferida del poeta o por indicar un buen restaurante, como hizo la recepcionista del hotel Apolonia, quien imprimió un listado con los mejores cuando le preguntamos. De la lista elegimos uno que resultó acogedor e impecablemente limpio, "La chistera", con un menú tan variado como delicioso. Los camareros son atentos sin caer en la pesadez, interesándose por que todo sea del agrado del comensal o si desea repetir.

Como iba a estar un par de días en Soria volví a leer 'El monte de las ánimas', de G. A. Bécquer, que transcurre, en parte, cerca del Duero. Esta vez, tantos años después de mi primera lectura adolescente, en el siglo XXI y con otras vivencias, lo que me ha gustado es lo no escrito.

Conocer la amabilidad de los sorianos me lleva a pensar en los personajes del cuento, es fácil imaginar lo bien tratada que debió de sentirse Beatriz en tierra extranjera con un anfitrión tan entregado como Alonso, hasta el punto de confundir su amabilidad con intenciones amorosas.

Lo primero que me llama la atención ahora es el carácter opuesto de los dos jóvenes. Alonso, prudente, educado en las costumbres de su tierra y apegado a sus raíces castellanas, es sensato, sabe que pronto anochecerá, están de cacería, y le recuerda a su prima que deben abandonar el Monte de las Ánimas: según la leyenda lo que sucede allí durante la noche de difuntos es espantoso y nadie ha sobrevivido para contarlo. Beatriz, por el contrario, no se toma en serio sus advertencias, le parece demasiado pronto para regresar y le reprende por querer asustarla.

El quid de la cuestión está en las breves pero intensas frases que mantienen Beatriz y Alonso más tarde en el palacio de los Alcudiel, y en sus silencios. Hay una conversación general a la que ellos son ajenos por completo. Tan ensimismados están el uno en la otra que los pensamientos que callan, ¡lástima de silencio!, se podrían vislumbrar entre líneas; en cambio lo que dicen no parece expresar sus sentimientos. Esa conversación velada, de medias palabras, decir sin decir, encierra la historia de un despecho semioculto en un cuento de terror.

Ambos conversan delante de la chimenea, "Alonso mira el reflejo del fuego en las pupilas de Beatriz", deben de estar muy juntos para que tal cosa suceda. Él asegura que pronto se separarán de forma inminente, intuye que ella no es feliz en las áridas tierras castellanas, tampoco comparte sus costumbres demasiado patriarcales; sutilmente pregunta por la razón de sus suspiros, "acaso por algún galán de tu lejano señorío", a lo que responde Beatriz con una desdeñosa contracción de sus labios. Si ella tuviera un pretendiente lejano como él insinúa, se habría ruborizado o mostrado algún azoramiento; en cambio su reacción "es de fría indiferencia" porque sus suspiros son por Alonso, porque le duele la serenidad con la que él parece haber asumido que pronto separarán sus caminos. Alonso presiente que ella nunca se adaptará a su mundo y aunque al conocerla contemplara la posibilidad del matrimonio, ya la ha descartado. De ahí su serenidad, de su carácter juicioso, de su sensatez, de pensar antes y primero en el deber que en la diversión. Carácter incompatible con el de Beatriz, despreocupada e irreflexiva, caprichosa y acostumbrada a salirse con la suya.

Beatriz se muerde los labios en señal de disgusto, "desdeñosa contracción", cuando su primo le ofrece la joya que había elogiado por la mañana. Tal vez espera de Alonso algo más que una joya, quizá una petición de otra índole, de ahí su amargura, porque lo que Alonso le brinda es un regalo de despedida. Él ha tenido tiempo de comprender que, por muy hermosa que sea, también es caprichosa y voluble y jamás se adaptará al frío de las tierras castellanas, a sus austeras costumbres y a la rectitud de sus gentes. Quizá la decisión y serenidad de Alonso ante la inminente separación acreciente la amargura de Beatriz: ella ya sabe que no le va a pedir matrimonio; hoy diríamos que la despachó con una joya.

Ella replica entonces que en su país un regalo de esas características supone comprometer la voluntad del que lo recibe y del que lo entrega: "…un deudo…, que aún puede ir a Roma y volver con las manos vacías", hace referencia a la soltería de Alonso. Pero Alonso, hombre prudente, cerebral incluso, ha pensado en todo y enseguida responde que es el día de Todos los Santos, día de ceremonias y presentes y que puede, por tanto, aceptar el regalo sin comprometerse.

El regalo, lejos de contentarla, supone una afrenta, se siente humillada y herida en su orgullo y cuando él le solicita una prenda a cambio, "iluminada por un pensamiento diabólico", deja a la vista sus malas intenciones al asegurarle que perdió la banda azul en el Monte, "la que pensaba dejarle de recuerdo". Con esas palabras, imprudentes, alocadas y egoístas, Beatriz deja al descubierto el rencor que alberga y sus deseos de venganza. Contarle a Alonso dónde perdió la banda es como una orden para él, un caballero, cuya reacción será partir de inmediato a buscarla; de ahí la "radiante expresión de orgullo satisfecho" en Beatriz al oír el galope del caballo: se ha salido con la suya, lo ha mandado a una muerte segura sin ninguna clase de miramientos ni compasión. Si no ha de ser suyo no será de nadie.

El tema es viejo, una mujer arrastra a un hombre a la perdición, a la muerte en este caso, en una época donde el honor era una forma de vida y no era una palabra en desuso. La historia de los jóvenes queda enterrada en lo tétrico, semioculta por un aura sobrenatural que pone el énfasis en la leyenda del Monte de las Ánimas. De la conversación entre los primos, leyendo entre líneas, he descubierto otra historia dentro del cuento de Bécquer, tan silenciosa como el Duero a su paso por Soria. La decepción de Beatriz queda oculta, camuflada en el cuento gótico, ¿buscaba el autor escribir sólo un cuento según la moda o sus intenciones eran más profundas que el terror romántico?

Igual que la ardilla que vi salir de las entrañas de San Saturio: corrió sin ruido hasta que desapareció entre los árboles camuflada en su pelaje. ¿Se escondía de mí o tenía otras razones?