Alberto Palacios Lázaro

Alberto Palacios Lázaro


El olvido que seremos

31/12/2023

Tras la calida luz de Nochebuena viene la oscura y gélida Nochevieja. Nace Todo en Navidad y el año, los recuerdos, las victorias, las derrotas, los aciertos, los errores, los madrugones y los desvelos mueren, a ritmo de campanada, el 31. Encubrirlo con lentejuelas, ruido, programaciones especiales y excesos siempre sale mal porque el dolor es mucho mayor. Lo exacerbado no es más que temor camuflado. La gente está más pesada, se atenta contra la moda, no se cabe y los vómitos llenan la acera. La de Nochevieja es una madrugada triste y hortera. Las bolsas de cotillón traen una nariz de payaso y unos labios rojos. Sonrisa de plástico mientras el memento mori se sirve, en cada casa, entre polvorones y botellas a medias. Pero nadie escapa. Cada uva es un billete al abismo. Cada campanada nos recuerda que llegará el día en que no estaremos invitados a la mesa. Que otros comerán las uvas, o lo que se haga por entonces, y que, al fin, nos habremos convertido en el olvido que seremos. La Nochevieja, perversa, desploma los termómetros y el pasado, cada vez más inalcanzable y borroso. El 31 nos pone ante el peor espejo posible: el del tiempo. A los mayores les recuerda que ya de casi todo, como decía Gil de Biedma, hace 20, 30 ó 40 años. Y, a los jóvenes, que tenemos un pasaporte en el bolsillo que nos lleva hacia ese destino. Eso, a los que no tienen asignado un temprano fin de trayecto, que los hay. Y cada brindis, tras las uvas, se torna en una puñalada en la memoria. El tintineo de cristales se multiplica, atronador, por el número de ausentes que no pueden alzar su copa. Los que ya hace meses -o años - que ni nos miran a los ojos, ni nos dan un abrazo y cuya voz cada vez es más difícil de recordar. 
En Nochevieja manda una felicidad forzada. Se siente, pero se desatiende, un aura más de rito que de celebración. Los mayores, que algo intuyen, insisten en que tengamos cuidado al salir porque suele ser una noche bronca. Y aciertan. Beber para olvidar. Quién les puede culpar. Y si uno repasa la oferta festiva en Soria, se le cae el alma a los pies con esa dosis de inseguridad generalizada. Cada fin de semana, la Policía  atiende las llamadas de 'la Zona' mientras patrulla el barrio de turno que ve arder sus nuevos contenedores. Por suerte, todo pasa. También Nochevieja. Y un sol implacable se cuela por las ventanas del salón, rebota sobre las relucientes copas y la atronadora Marcha Radetzky, desde Viena, nos recuerda que somos Occidente, que nos ha tocado la mejor de las loterías, que seguimos aquí y que todo, hasta el 31, está por venir. Suena el timbre. Revuelo. Goteo de familiares. «Feliz Año», otra vez. Abrazos y besos, otra vez. Que qué frío, que qué guapos todos y que qué bien han dormido los abuelos. ¡A la mesa! Humea la sopa y el lechazo. Siesta de época. Feliz 2024.