Francisco Muro de Iscar

MUY PERSONAL

Francisco Muro de Iscar

Periodista


Creer en Dios para entender al hombre

28/03/2024

Durante estos días de Semana Santa, más de 15.000 cofradías y entre un millón y millón y medio de cofrades desfilan por las calles de pueblos y ciudades de España en la mayor muestra de religiosidad popular que puede existir, incluidos algunos excesos incluso folclóricos. De norte a sur y de este a oeste, muchos millones más acuden con devoción y respeto, a veces también con sorpresa y desconocimiento de lo que representan, a ver las procesiones.

"No es un espectáculo, es proclamar la salvación", ha dicho el Papa Francisco. No es un accidente en el tiempo, ha insistido, porque la Semana Santa debería "dejar huella indeleble y permanente en las vidas de todos los que contemplan las estaciones de penitencia" y debe servir para abrir las puertas de nuestros corazones, de nuestras parroquias y de nuestras cofradías. Abrir y salir, salir siempre". Es injusto ver las cofradías y hermandades como simples elementos procesionales porque la inmensa mayoría de ellas trabajan durante todo el año formándose y desarrollando un compromiso social con los más desfavorecidos. Son, además, una plataforma óptima para transmitir el mensaje de Cristo y una puerta abierta frente al materialismo reinante y a una sociedad sin Dios y sin valores. Hay también un relevo generacional porque son muchos los jóvenes que se incorporan cada año, al contrario de lo que sucede en otros ámbitos.

Pero lo que importa de esta forma de religiosidad popular, de este recordar la pasión y muerte de Jesucristo y, sobre todo, su resurrección, es el mensaje que trae para creyentes y no creyentes. Una parada en el tiempo para reflexionar y cambiar nuestra forma de vida. Una mirada hacia arriba, hacia lo trascendente, porque si sólo contaran los años que vivimos aquí, casi nada tendría sentido. Una mirada alrededor de nosotros para no escuchar con indiferencia las cifras terribles que nos hablan de la muerte de millones de hambrientos de paz y de justicia en el mundo, algunos muy cerca de nosotros, por culpa de estructuras injustas que hunden a los débiles en la violencia, la explotación y la marginación.

Abrir las puertas y salir con el mensaje de Dios al encuentro del otro es hacer crecer la vida. Es construir una sociedad más justa con los más desfavorecidos. Es defender la dignidad de la vida desde la concepción hasta la muerte. Es hacer políticas para todos sin dejar a nadie atrás. Es poner el bien común, el bien de todos, por encima de los intereses particulares. Es respetar al contrario. Es mirar al inmigrante no como el que viene a quitarnos "lo nuestro" sino como quien siendo igual que nosotros no tiene nada y tienen los mismos derechos. Es tender manos y puentes en lugar de poner abismos que separan. Es comprometernos con la justicia y la esperanza.

No es posible creer en Dios y desentenderse de los hombres. Pero es el pan nuestro de cada día. Lo decía José Luis Martín Descalzo: "¿Por qué, entonces, después de Él, el hombre sigue siendo tan amargo/, por qué hay tanta soledad/ por qué mueren las madres/ por qué esta niña tiene el alma violada y los labios como la cicatriz de una herida/ y sigue siendo tan difícil chapuzarse en tu resurrección?", Pero "tal vez Él siga resucitando en nosotros (sólo que perezosamente)/ y todo corazón sea corazón de volatinero/ ahora que nos sabemos queridos/ y empezamos a entender que Dios no es Dios por ser Omnipotente/ sino por haber amado como nadie jamás". Que la Pascua traiga esos aires de reconciliación, de entendimiento, de paz y de esperanza que tanto necesitamos.