DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Del pillaje al crimen

Ya es casualidad, dicen quienes creen en estas casualidades, que sobre el sonido de la campana que aboca a un nuevo proceso electoral, un juez haya decidido imputar por prácticas corruptas a lo que quedaba del viejo PP, por robar dinero de todos en beneficio propio mediante un sistema simple: señor contratista, se les dijo a los empresarios amigos, ponga usted un uno por ciento más en el presupuesto de la obra pública y lo ingresa después en las arcas privadas que ya le iremos diciendo. Y así, entre amigos y partidos, dice el juez que las arcas públicas de la Comunidad de Madrid, con la investigación aún en curso, habría sufrido un quebranto de más de once millones de euros.
A uno estas cifras le parecen insignificantes. Disculpen la frivolidad. No es que por ser menor la cuantía del delito no sea igual de reprobable el robo, pero nada que ver con las que se manejan en tramas como Gurtel, ERE o Enredadera, por citar solamente asuntos que están en las mesas de los tribunales. Lo castizo y religioso es el diezmo. Que menos entre el pago del chantaje organizado institucionalmente y el engrase conveniente de los conseguidores.
 Porque esto de la corrupción en la política viene de lejos. Sucede que antes funcionaba una especie de acuerdo tácito de ocultación. Hoy por ti, mañana por mí. Pocos se imaginaban que acabarían ante los tribunales. Todo el mundo sabía, por ejemplo, que aquella concejala que compró diez televisores para las residencias de ancianos no reclamó descuento, pidió que el camión de reparto dejara un aparato en su propia casa. O aquel alcalde al que un vendedor de cables para alumbrado público no le quiso cobrar el amueblamiento de su cocina. O la desfachatez de aquel candidato que le pidió a su esposa que mostrara al resto de los comensales el anillo que llevaba. Restos de la campaña, lo llamó. O aquel concejal que pidió al restaurante que en la factura de un almuerzo oficial de Semana Santa incluyera la cena del sábado siguiente para él con su familia. Picaresca consentida y que hoy nadie duda en calificar como delito. Del pillaje de entonces al crimen organizado de ahora.


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