DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Barcenilla

Detrás de cada político socialmente popular, destacado, suele haber un buen comunicador, la persona que construye puentes entre la pericia del primero, a veces no demasiada, y los ciudadanos que le votan, le jalean o le desprecian. Es evidente que nada puede ser reconocido públicamente si no es previamente conocido.

Viene este preámbulo a cuento porque esta semana ha fallecido uno de esos periodistas que, desarrollando su tarea en el ámbito institucional, se granjeó el respeto y la admiración de sus colegas. Una circunstancia que no es habitual, porque generalmente el político de oficio digiere muy mal la crítica y quien cuida de su imagen, teniendo como obligación suavizar el enfrentamiento, con frecuencia se convierte en el más avezado hostigador.

Luis Barcenilla (Tabanera de Cerrato, Palencia, 1957) se ha ido dejando amigos y admiradores. En ambas circunstancias me incluyo. Nos conocimos siendo él responsable de comunicación de los gobiernos de Juan José Lucas. La controversia era lógica, frecuente y hasta obligada. Pero nuestra relación siempre estuvo presidida por el respeto. Barcenilla era un maestro de la sutileza en la difícil tarea de abroncar, como seguramente le exigían sus jefes cuando no estaban contentos con una opinión o un titular informativo, sin rozar la torpeza de la exigencia o, lo que resulta más grave, sin caer en la grosería del chantaje. Tentación frecuente de quien tiene en sus manos el reparto discrecional de dinero público, fondos que deben de ser utilizados, entre otros fines, para garantizar la pluralidad informativa y no para apesebrar a los amigos y castigar a los que son considerados enemigos. Siendo un excelente profesional en este campo tan resbaladizo, sucesores ha habido que le han hecho doblemente bueno.

Barcenilla acompañó a Lucas cuando este fue elegido presidente del Senado, su última etapa con mayor vinculación a la política. Fue a partir de entonces cuando el respeto y la admiración dieron paso a la amistad. El vacío de su muerte solo es comparable al inmenso legado de sabiduría y humanidad que deja su vida.



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