JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Los sillones importan

Hace unos días me tocó viajar en avión y pasar unas horas en el aeropuerto de Barajas (aunque le cambien el nombre, con este nos entendemos todos). La estancia en estos sitios es excitante cuando uno parte, pero el tiempo parece detenerse si hay que pasar unas horas en tránsito o de regreso. Es cuando uno deambula entre las carísimas tiendas, ve cómo parten los aviones desde los grandes ventanales y se aburre soberanamente. Observar a la fauna viajera también es un buen entretenimiento, especialmente si, como en mi caso, te topas con dos enormes británicos, borrachos como cubas, usando los carros de equipajes como sillas de ruedas. Observar se queda corto, más bien había que camuflarse entre los asientos para no llamar su atención y esperar a que les diera por otra sala o, incluso, por dar con la salida. 
En estas estaba hasta que se me acercó un hombre mayor, bien vestido y me preguntó si no me importaba que se echara justo detrás de donde yo estaba sentada. Al principio me sorprendí, hasta que caí en la cuenta de que aquel hombre debía usar estos huecos, rincones más o menos escondidos de un aeropuerto enorme, para dormir. O para pasar algunas horas de la noche, porque según él mismo comentaba, dormir allí, en el santo suelo, sin nada que echarse por encima, sin nada con lo que protegerse de la luz, del ruido… es imposible. Y allí que extendió unas hojas de periódico a modo de almohada y se estiró sobre las baldosas. Debimos darle confianza mi compañera y yo, porque sentarse al lado de un grupo de hombres, o de británicos borrachos, le parecía más peligroso. 
Tras la breve conversación con este hombre mayor y bien vestido observamos a otros que también tomaban posiciones para pasar la noche, o al menos, unas horas. Al parecer, a las cinco de la mañana comienza el movimiento en el aeropuerto y entonces no les dejan echarse en el suelo, sino que deben permanecer sentados, por aquello de no dar mala imagen. Uno tiene conciencia de que este mundo no es fácil, pero cuando se topa con la realidad tozuda de que hay mucha gente que no tiene ni techo para dormir, no queda otra que hacer, al menos, una reflexión. 
Personas mayores, de edad avanzada, seguramente con escasos o nulos ingresos, durmiendo sentados en aeropuertos o estaciones para no verse expuestos al frío y los peligros de la calle es lo que está ocurriendo en este país, lo creamos o no. Y solo es un ejemplo de penuria, pero es real y ocurre en un lugar civilizado, europeo, pudiente. La persona que en un duermevela pasa las horas nocturnas en un sillón bajo techo público podría ser un abuelo cualquiera; un sillón que le resguardará unas horas, que le servirá de descanso de huesos doloridos, aunque le impedirá cualquier quimera de sueño reparador, ese que nos sirve para seguir siendo personas.
Hay otros sillones. De hecho, hay unos cuantos miles de sillones que ya han sido ocupados, otros se están negociando, algunos se alternarán distintas posaderas de dos en dos años. Los sillones importan, y mucho. En ellos se sentarán hombres y mujeres que podrían, porque en su mano está, impedir que cualquier persona tenga que dormir en la calle, comer de la basura o pasar frío en invierno. ¿O estoy soñando?



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