JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Patata caliente

Como les decía en mi artículo anterior, la cuestión catalana es la gran patata caliente de estas elecciones, aunque la postura intransigente de la Generalitat y los violentos disturbios que se han producido en los últimos días lo están poniendo todo más sencillo en favor de una ‘unanimidad democrática’ que no va a permitir desbarros. Sánchez no se pone al teléfono cuando le llama Torra y no lo hará hasta después del 10-N, y eso si le corresponde a él hacerlo. Y el resto… aseguran que meterán a todo el mundo en la cárcel, con la alegría pasmosa del que se dirige a la masa creyendo que nadie sabe nada sobre la división de poderes y que no son los políticos, sino los jueces, los que envían al personal a pasar una temporada entre rejas. Pero como estamos en campaña, todo vale. Estoy en el bando de los del medio, que es el que no se lleva nada. A muchos les gusta eso de que hay que posicionarse, con la intención final de tener que fijar posiciones totalitarias, a uno u otro extremo. Reivindico mi derecho de no tomar partido, de creer que es posible el diálogo en cualquier circunstancia y que un problemón tan grande como el que se ha creado en Cataluña no es cuestión solo de unos cuantos y de una circunstancia determinada. Hay muchos factores que han derivado en lo que hoy está ocurriendo, incluido el hecho de que muchos jóvenes encuentran ‘motivador’ formar comandos de guerrilla urbana en una ciudad que tanto ejemplo ha dado al mundo de paz e integración como Barcelona y habría que preguntarse por qué. 
Viendo la televisión estos días he sentido gran pena y vergüenza por ver algunas calles de la Ciudad Condal con este ambiente bélico, con una violencia desatada como si estuviéramos en un país en plena guerra. Con todo, sigo pensando que nada se soluciona con la mano dura que promulgan algunos, que en un país europeo y democrático tienen que existir vías de diálogo y soluciones pacíficas y consensuadas, a no ser que queramos que España se ‘balcanice’ en el peor sentido de la palabra. Tenemos ejemplos sangrantes muy recientes en Europa de las consecuencias de guerras fratricidas, y en la memoria de muchos lo que supuso en este país la imposición por la fuerza. ¿Es posible que a estas alturas de siglo, a las puertas de una revolución tecnológica que cambiará nuestra forma de trabajar y de vivir, estemos enfangados en laberintos políticos tan poco relevantes en términos de tamaño y causa? Es difícil de entender.
En cuestiones tan polarizadas como la catalana conviene darse una vuelta por los periódicos extranjeros y por la visión que dan del problema los corresponsales. Pero hete aquí que ni siquiera los diarios europeos más reputados se ponen de acuerdo en sus opiniones. Si algunos editoriales eran muy duros hace unos días con la sentencia del procés, señalando lo antidemocrático de unas condenas tan elevadas, otros artículos de opinión de historiadores y analistas los han criticado, señalando el carácter sectario de algunos sectores del independentismo, incluido el presidente Torra, y una deriva alentadora de la violencia. Que se den esas dos visiones tan contrapuestas en un medio nacional español es mucho más difícil. Aquí, la opinión va en consonancia, con los matices que haga falta, con la tendencia política de medio, y así es complicado hacerse una idea de conjunto con argumentos de peso. Lamentablemente, creo que no estamos al final de este proceso, sino al principio. La patata caliente sigue quemando en las manos de los políticos y saldrán las ampollas tarde o temprano después del 10-N. Mientras tanto, una apelación al perdido seny catalán no es solo cuerdo, sino totalmente necesario.



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