SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Nassau

10/07/2020

Si hay una frase que no soporto es la que muchos y muchas sueltan con esa languidez del que está hastiado del universo entero. Son solo dos palabras: «lo necesito»; en relación a las vacaciones de verano. Cuando escucho a alguien decir «lo necesito», al referirse a sus merecidísimas vacaciones en primera línea de playa (este año con el coronavirus igual un poco más atrás), primero se me revuelve un poco el estómago y después me entra una pena tremenda por el propietario de la expresión. Si algo he aprendido a lo largo de la vida es que solo necesitamos una cosa, oxígeno para respirar. Incluso el alimento, también recomendable, pasa a un segundo plano. Cuando el ser humano considera que necesita algo para estar feliz, a gusto, para disfrutar, en realidad lo que está mostrando es que no sabe vivir. Nadie necesitamos nada. Solo oxígeno y un poco de comida. El arte de vivir no es innato. El arte de vivir se aprende. Si alguien necesita vacaciones con ese tono de llamada de socorro lo que en realidad necesita es resetear sus emociones y conceptos vitales.
Hay personas que se quejan cuando trabajan y se quejan cuando no trabajan y se quejan cuando están en su casa y cuando se van a París porque llueve o porque el ascensor de la Torre Eiffel va lleno. Hay personas que necesitan ir a la playa y cuando llegan no disfrutan porque la arena les quema los pies. Realmente nadie necesita nada externo para conseguir esa felicidad que nos venden en los anuncios. Últimamente escucho mucho la música de mi adolescencia. Desempolvé a los Hombres G y en una de sus canciones, Nassau, resumen irónicamente a la perfección esta reflexión, «mucho rollo con los limones del Caribe y luego llegas y de milagro sobrevives». La letra viene a decir que esos destinos idílicos no lo son tanto y que el disfrute depende de nuestra actitud, no del lugar en el que nos encontremos o del modo en el que nos encontremos. Esta misma reflexión también ha servido para que unos hayan pasado un confinamiento sin problemas y para otros haya sido un auténtico suplicio. Por todo ello, cada vez reivindico más que en las escuelas enseñen a los niños inteligencia emocional. Quizá sea mucho más resolutivo que saber hacer una derivada. Aunque lo uno no quita lo otro. Pero el conocimiento emocional, tan denostado, resulta ser mucho más determinante para la estabilidad del individuo que el conocimiento científico.
 



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